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viernes, 5 de octubre de 2018

Acerca de las mujeres y algunos de sus tópicos sobre los hombres (Conociendo a Jane Austen)

Un amigo me recomendó Conociendo a Jane Austen (2007) porque trataba sobre clubes de lectura (frecuento uno sobre cine y literatura desde hace años) y porque todas las protagonistas le habían parecido muy atractivas; y estaba convencido de que ambas cosas me gustarían. Decidí verla por ambas razones, pero añadí una tercera razón: que casualmente Jane Austen es una autora que admiro mucho. Después de verla reconocí que mi amigo me tenía calado. Sin embargo, hubo un cuarto factor --imprevisto-- que contribuyó a que disfrutara aún más de la película: el morbo arrollador que emana el personaje interpretado por Emily Blunt.

Además, es una película dirigida por una mujer de un género fabricado mayoritariamente por hombres que objetivizan un retrato deformante y minusvalorador de la mujer, sesgado por el patriarcalismo, el paternalismo y el machismo. La comedia romántica ha contribuido --hasta el punto de resultar preocupante por las secuelas que deja en adultos y, sobre todo, en adolescentes, que pueden tomar las pautas amorosas y de relación de estos filmes como La Realidad (ele mayúscula, erre mayúscula)-- a universalizar la absurda idea de que las mujeres deben ser atractivas, delgadas, estar disponibles, esperar que los hombres las rescaten de su soltería, resuelvan sus problemas y/o traumas y, aun así, seguir siendo ellas mismas (un oxímoron irresoluble: o son ellas mismas o se amoldan a todas esas imposiciones sociales). La dirección femenina, Jane Austen como centro de gravedad de la acción y un reparto coral de mujeres de toda condición prometían un giro interesante a los tópicos de argumento y de personajes en un género caracterizado por la irrealidad, la superficialidad, el encasillamiento y la gratificación emocional sin esfuerzo.

Lo cierto es que Conociendo a Jane Austen no consigue darle a vuelta a toda esta tradición cinematográfica casposo-testosterónica, más bien revela algunos interesantes tópicos femeninos sobre los hombres, demostrando que no es simplemente cuestión de un punto de vista narrativo anclado a una visión masculina o femenina de las cosas y las personas, sino de encajar o de romper los moldes de un género atrapado en una serie de mitos que son los que son. Revolucionar un género a estas alturas es difícil, y si quieres saltarte las normas o añadir otras nuevas probablemente acabes saliéndote del registro que querías actualizar y/o aterrices en la inmensa zona gris del cine de autor. La directora --Robin Swicord, responsable de los guiones de Mujercitas (1994), Memorias de una geisha (2005) y El curioso caso de Benjamin Button (2008)-- debuta en el cargo con este título y demuestra tener bastantes cosas que decir sobre lo que también debería incluir la nueva comedia romántica: de entrada, mostrar a las mujeres como personas fuertes y con las ideas claras, y de paso a hombres desnortados y patéticos (que los hay a patadas); pero se atasca en los tópicos, esta vez femeninos: la inquebrantable solidaridad femenina, sus constantes (y falsos) debates sobre hombres (como si no hablaran de otras cosas cuando están sin ellos), la búsqueda de la media naranja casi como único objetivo vital... A pesar de esta extraña mezcla de innovación y clasicismo rancio, el filme consigue distinguirse de la mayoría de títulos similares, aunque sin arrasar en cuanto a originalidad y desenlace.



Conociendo a Jane Austen le da la vuelta al esquema clásico de hombres sensibles y seguros de sí mismos que se lanzan a la búsqueda de la chica guay/maja en las junglas urbanas contemporáneas. Aquí ellas son ellos y viceversa. Por ese motivo los hombres son los personajes más interesantes, ya que revelan los anhelos y los arquetipos que ellas parecen proyectar sobre nosotros:

1. Daniel --interpretado por Jimmy Smits-- es el típico marido que, ahogado en la rutina del matrimonio, busca reactivar su vida sexual con una compañera de trabajo más joven. Es una persona que ha perdido la perspectiva y olvidado las bondades de la mujer que le ha dado hijos y ayudado a llegar donde está. Precisamente por su egoísmo y su ceguera, debe purgar sus errores para darse cuenta de que ha abandonado lo que realmente necesitaba y quería. Así que debe asistir al fracaso --más que previsible según su destrozada ex-- de su aventura con la otra mujer y, para revalorizarse como ser humano y como marido en una posible reconciliación, demostrar la sinceridad de sus sentimientos antes de admitir su cagada, pedir perdón y ser admitido de nuevo en el hogar conyugal. En estos casos, un período de celibato voluntario tras la ruptura con La Otra (ele mayúscula, o mayúscula) y certificado de primera mano por una buena amiga (pero ojo, sin que él haya tenido nada que ver en ese testimonio) es obligatorio. Es complicado y endiabladamente rebuscado desde el punto de vista masculino, pero absolutamente eficaz para el femenino.

2. Dean --Marc Blucas-- es un marido bruto y testosterónico que no atiende ni entiende la sensibilidad de su esposa --Prudie, perturbadora Emily Blunt-- que ante los continuos desplantes y decepciones que le proporciona (y también porque, a consecuencia del distanciamiento con su marido, está más caliente que el pico de una plancha), se plantea obtener lo que le falta con uno de sus alumnos del instituto donde da clases. Dean sólo vive para su trabajo, los deportes televisados y sus entretenimientos solitarios; lo que haga su mujer es anecdótico, invisible, ridículo (es profesora de francés y desea por encima de todo conocer París). Por eso Dean también debe atravesar su propio purgatorio: experimentar el constante rechazo de Prudie, aceptar que no la comprende y, sólo entonces, renegociar unas normas nuevas para su matrimonio, marcadas por la ternura y la cultura (como por ejemplo disfrutar juntos de la literatura, empezando, como no puede ser de otra manera, con un libro de Jane Austen).

3. En cambio, Grigg --Hugh Dancy-- no necesita ajustes para encajar en el mundo femenino porque es prácticamente perfecto: joven, rico --tiene una empresa de software-- sensible, culto, con el punto justo de frikismo encantador (lo que le sitúa claramente en territorio heterosexual), sincero, sin dobleces ni ironía en sus pensamientos y opiniones... y, por supuesto: es guapo sin ser consciente del efecto que eso provoca en las mujeres. Grigg aterriza por casualidad en el club de lectura de Jane Austen porque le gusta Jocelyn (Maria Bello), aunque ella quiere usarlo para que ponga otra vez en el mercado a su amiga recién divorciada Sylvia (Amy Brenneman), abandonada sin compasión por Daniel. El hecho de que le traten como un objeto (igual que los hombres a las mujeres en las comedias románticas hechas por hombres) es uno de los elementos renovadores y empoderadores que propone el filme. Sin embargo, toda esa modernidad no es más que un medio para que dos amigas pongan a prueba su amistad cuando se interpone un hombre entre ambas. Jocelyn y Sylvia se comportan de forma modélica en su trato con Grigg, demostrando que, antes que los hombres, están las amigas. Sí, ellas nos cosifican, pero porque hay un fin superior detrás, somos un eslabón dentro de un proceso de reafirmación de una amistad que no atisbamos como debiéramos. Bienintencionado, pero tópico.

4. Por último, Allegra --también perturbadora Maggie Grace-- ofrece el contrapunto lésbico al catálogo de posibles relaciones al alcance las mujeres. Es la hija de Daniel y Sylvia y su carácter y su comportamiento está más cerca del rol masculino que del femenino --es impulsiva, desinhibida y alocada--, pero demuestra entrega y sensibilidad desde el primer minuto de las relaciones que emprende sin pensárselo dos veces. Todas esas probaturas de Allegra --como hacen los hombres en las comedias románticas clásicas-- son experimentos que le permiten aislar la clase de mujer que le conviene. Por eso encuentra el amor en el lugar más insospechado. Allegra es el personaje que sirve para demostrar que las mujeres, en la mayoría de ocasiones, buscan lo mismo que los hombres, y que la orientación sexual no tiene nada que ver con todo eso.

Daniel y Dean son dos hombres que han accedido al mundo femenino pero que requieren modificaciones para encajar y poder quedarse en él, y a cambio obtener una deliciosa vida social y buen sexo. Sin embargo Grigg, que todavía no ha entrado del todo en ese mundo estrogénico --no se ha enamorado--, aunque exhibe precondiciones, debe demostrar que es sincero en sus intenciones y merecedor de confianza. En cierta manera también debe ser modificado, pero no por culpa de un error previo, sino porque aún no ha revelado adónde quiere llegar. El matiz es muy importante. Es más, Grigg sólo consigue a la mujer que ama gracias a la intervención de una de sus hermanas, que lo avala como hombre bueno y futuro buen marido. En corto y claro: todo lo que tiene que ver con los hombres es supervisado y certificado, de una forma u otra, por las mujeres, con una sutileza y un encanto que los hombres somos incapaces de percibir.

Todos estos detallitos el público los absorbe con naturalidad, gracias al guión y a la buena definición de personajes. El humor y el drama están bien equilibrados, como se espera de este género; la diferencia es que Conociendo a Jane Austen aporta un nivel poco habitual de profundidad sicológica gracias a la base literaria que le sirve de columna vertebral. Hay que estar muy atento para establecer los paralelismos entre las protagonistas del filme y las de las novelas de Austen, porque se presentan mediante diálogos vertiginosos durante las escenas de debate en el club de lectura (se echan de menos momentos definitorios que certifiquen estas situaciones). Haber leído a Austen ayuda bastante a reconocer --aunque sea de forma intuitiva-- todos estos detalles.

Sin embargo, todos estos méritos se diluyen peligrosamente en un final excesivamente complaciente y conservador: la recompensa les llega a todas las protagonistas encontrando pareja. La felicidad y el amor son el premio a su coherencia y sinceridad respecto al trato con los hombres (descartando amantes egoístas o insensibles), y mujeres en el caso de Allegra. Una rancia moraleja, canónica y acorde con el género en el que se incluye, pero decepcionante respecto al novedoso punto de vista femenino que ha alimentado la historia. Es como si la amistad entre mujeres sólo pudiera florecer o culminar cuando todas consiguen emparejarse. Tampoco hemos evolucionado tanto en esto...




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