Casi nada en la vida tiene sentido, pero seguimos buscándoselo en cualquier parte cuando ya no hay remedio (Tres adioses)

"Tres adioses" (2026) de Isabel Coixet, nueva inmersión de la directora en el mundo delicado e intenso de las despedidas vitales.
No soy nadie para juzgar el estado de ánimo, los pensamientos y los actos de nadie cuando comprende que se acerca su final, una agonía lenta e irremediable que, por desgracia, no anula la conciencia, al contrario, la expande hasta límites insospechados. Nuestra reacción es un enigma, sólo lo sabremos cuando nos veamos obligados a mirar de frente a la muerte. Tampoco debe sorprendernos vernos atrapados por un deseo incontenible de ofrecer testimonio de nuestros pensamientos y proyectos no realizados; y es entonces cuando echamos mano del arte, de la narración, la estética, para convertir nuestra memoria en un relato, en algo con principio y fin, pero sobre todo un propósito. Este tipo de obras son prácticamente imposibles de enjuiciar como arte, porque no lo son, pero sin embargo adoptan sus convenciones para expresarse. Ante ellas sólo cabe la reacción y el alineamiento: o encajas en ese esquema de las cosas o te quedas fuera y todo te resulta distante y prosopopéyico.

No puedo evitar la sensación de que Coixet ha rodado una variante casi calcada de Mi vida sin mí (2003) en Tres adioses (2026). No sé si es algo consciente y deliberado, pero parece claro que, como creadora, tiene una querencia especial por este tipo de historias. La diferencia es que la primera era una ficción al límite tomada de un relato breve de la estadounidense Nanci Kincaid, Pretending the Bed Is a Raft [Fingiendo que la cama es una balsa] (1997), mientras que esta de ahora se basa en el libro Tres cuencos (2023), el último que publicó la escritora italiana Michela Murgia, en el que vierte su propio proceso de preparación para la muerte, la misma que más o menos describe la película. Ya no estamos ante una historia que se despliega mediante de recursos narrativos al uso, sino enfrentados a una sinceridad que se desparrama sin control y que es muy difícil que no conmueva. Testimonios como este de Murgia son tan valientes como intransferibles; tan devastador como singular y aislado, sin apenas margen para emitir un juicio más allá de su propio proceso de creación.


Y sin embargo, es legítimo preguntarse: ¿qué pasa si el resultado nos resulta poco empático o fuera de lugar? ¿Qué pasa si la protagonista --Alba Rohrwacher-- nos parece poco creíble en su huida de todo contacto social, ocultando su sufrimiento y sus sentimientos a quienes tiene más cerca? ¿Qué pasa si su comportamiento hace que sus actos y sus palabras --comer helado al sol, conversar con una imagen en cartón a tamaño natural de un ídolo del k-pop, organizar un funeral para una paloma muerta y así reconducir sutilmente a unas adolescentes desnortadas-- ya no parezcan tan tiernos y emotivos en su desesperación silenciosa? Imagino que algo de eso es lo que gustó a Coixet para lanzarse a la adaptación, el problema es que como relato es difícilmente sostenible. Si ya es difícil aislar la intensidad en el día a día, cuánto más debe resultar recrearla de la nada, sólo con palabras e imágenes.

La inminencia de nuestra propia muerte es devastadora, así que todo es posible: quedar paralizados, ofuscados o deprimidos en lo más profundo; o que nos inunde una extraña lucidez acerca de las cosas de la vida y del amor que sí o sí vamos a dejar atrás. Por eso cada testimonio es único, incontrastable, imprevisible. Lo que todos estos testimonios relatados tienen en común es que siempre acabamos atrapados en una encrucijada que es, a la vez, la mayor verdad y la mayor tragedia de la existencia humana: ¿cómo exprimir la vida sabiendo que es una lágrima en la lluvia y aun así intentamos convertirla en un legado con sentido? Se trata de una contradicción irresoluble, connatural a la existencia misma. Estamos hechos así y no hay remedio. Sólo nos queda jugar las cartas que nos ha repartido el azar evolutivo como podamos, queramos o sepamos. A veces es Mi vida sin mí, otras Tres adioses.

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