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martes, 6 de marzo de 2007

Subidón triste o la evolución del cortometraje (Paris je t'aime)


Lo peor de Paris je t'aime (2006) es la publicidad con la que la están vendiendo: el cartel muestra un corazón rojo intenso con infinidad de torres Eiffel, y de forma unánime los textos inciden en los tópicos que los estadounidenses y su cine han vertido sobre París: ciudad del amor, ciudad de encuentros inesperados... En fin pasteleo romanticoide más que caducado. Ni una comparación o referencia, en cambio, con Paris vu par... (1965), la película en episodios (que además titulaba cada uno de ellos con nombres de lugares de la ciudad, igual que esta de ahora) rodada por algunos famosos directores de la Nouvelle Vague (Chabrol, Douchet, Godard, Pollet, Keller, Rohmer y Rouch); o con el homenaje-continuación que fue Paris vu par... vingt ans après (1984), con Ackerman, Dubois, Garrel, Mitterrand, Gordon y Venault. La primera consecuencia de todo esto es que uno entra a ver la película pensando en una versión francesa de Love actually (2003), cuando no tiene nada que ver con ella. Pero en realidad todo en esta introducción es anecdótico.

Paris je t'aime contiene 20 microhistorias localizadas en el París actual, escritas y dirigidas por directores de primera fila, y está constelada de rostros famosos cuya identificación es siempre un aliciente para todo espectador mitómano (incluidas la fugaz aparición de Leonor Watling, o una todavía más breve de Javier Cámara, ambas en la dirigida por Isabel Coixet). Pero no se trata de una película en la que se han yuxtapuesto las historias de cada director (excepto la del rarito o ególatra Oliver Schmitz, que es la única que aparece precedida de un rótulo convencional), sino que el rodaje simultáneo era una premisa de producción, lo cual refuerza la coherencia del filme, no solamente por los breves planos finales en los que personajes de diferentes episodios aparecen juntos en nuevas escenas, sino también por los cameos que algunos directores hacen en las historias de sus colegas (dos que he localizado: Wes Craven en la de Vincenzo Natali haciendo de víctima vampiril, y Alexander Payne como Oscar Wilde en la de Wes Craven). Hay historias mínimas, como la de Bruno Podalydès que abre el filme; de un solo personaje, como la de Walter Salles y Daniela Thomas; totalmente petardas, como la de Christopher Doyle, interpretada por Barbet Schroeder; no necesariamente orientadas a las relaciones de pareja, como la de Nobuhiro Suwa con Juliette Binoche; o la de los Coen, que mantienen el tono iconoclasta de su cine sin quebrar los requisitos de la producción.



La película es casi perfecta hasta la mitad de metraje gracias a la calidad individual de sus anécdotas, pero también por su calculado equilibrio entre el humor, la sorpresa final y una cierta intensidad dramática bien contenida. Y es que estas son, ni más ni menos, las ventajas de usar el formato del cortometraje: aparte del imperativo de duración (y del temático y de localización en este caso), tenemos la necesidad de economía narrativa, de identificación rápida de los personajes, y unos desenlaces que establezcan sutiles paradojas cotidianas... Los resultados sorprenden por su verosimilitud, sin forzar el pasteleo sentimentaliode. Esta es la razón principal de mi entusiasmo.


Los episodios más flojos (que no peores): el de Natali (protagonizado por Elijah Wood) y el de Richard LaGravenese ("Pigalle"), con Bob Hoskins y Fanny Ardant. Los mejores (aunque no en orden de preferencia): el de Coixet ("Bastille"), sin renunciar al humor, a la experimentación formal y, por supuesto, a desbordar nuestros sentimientos por la vía más inesperada; el de Sylvain Chomet (delicado, muy delicado), en la emotiva línea de Bienvenidos a Belleville (2003); y el de Alexander Payne ("14eme arrondissement"), con su entrañable protagonista, el texto en un francés mal leído como en una redacción escolar, sus situaciones perfectamente identificables..., anunciando desde el primer minuto una conmovedora revelación, que al final resulta ser un auténtico subidón de tristeza, y que no por esperado conmueve menos. Pero sin duda me quedo con "Faubourg Saint-Denis" de Tom Tykwer, con Natalie Portman, no sólo por la anécdota y la intensidad con que está narrada, sino por el espectacular e impecable formato (banda sonora incluida) elegido para ponerlo en imágenes, a pesar de que es algo que hemos visto infinidad de veces. Un episodio prácticamente perfecto de una película casi perfecta.
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