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viernes, 7 de noviembre de 2008

El último año que vivimos con los sueños intactos (High School Musical 3. Fin de curso)

Debido a su incontestable éxito planetario, la última entrega de la trilogía High School Musical (2006, 2007, 2008) ha merecido ser estrenada en salas de cine, realizando el camino inverso de otras series de éxito decreciente, cuyas secuelas pasan directamente al videoclub o a los canales temáticos de la televisión de pago. En el caso de High School Musical 3. Fin de curso (2008), el estreno se hacía de forma sincronizada en un buen número de países occidentales, en parte para otorgar al evento un carácter globalizador (y provocando que más de uno lo confunda con algo realmente importante), y de paso sortear el inevitable tráfico en las redes P2P de los screeners durante las sianas que tarda en llegar la película desde su estreno mundial en EE UU.



Aviso: no es posible valorar el fenómeno High School Musical desde nuestra perspectiva de adultos ni basándose exclusivamente en criterios de calidad cinematográfica. Reto a cualquiera que lea esto a que señale un solo ejemplo de película generacional cuyo éxito tenga una base racional y/o no haya perdido casi todo su brillo con el paso de los años. Y cuando digo "película generacional" me refiero a aquellas cuyos estrenos se viven como auténticos fenómenos sociales; y tampoco vale colar como "generacionales" esos éxitos de taquilla de la juventud que luego asociamos a nuestro propio crecimiento personal (de manera que La guerra de las galaxias (1977) no es un filme generacional, sino un clásico cinematográfico). El caso que más se acerca es Grease (1978), aunque si hoy día se considera un clásico es debido a la indudable calidad de su banda sonora y al acierto de homenajear una época con treinta años de retraso, pero no por ser una buena película (en este sentido resulta infumable). El revuelo que levantó entre la juventud en el momento de su estreno --recuerdo a la mitad de chicos de mi clase con cazadora de cuero negro-- se debió, en primer lugar, a la incomprensible lectura en clave de musical que se hizo de un título precedente --Fiebre del sábado noche (1977)-- y que convirtió a Travolta en un ídolo adolescente, cuando en realidad se trataba de un filme de afilada crítica social que anecdóticamente usaba el baile discotequero con fines argumentales; y, por otro lado, la coincidencia --en España-- con un momento sociológico crucial (recién estrenada la democracia adoptábamos sin complejos cualquier moda, pues carecíamos de antecedentes para comparar o éstos eran tan cutres que nos avergonzábamos de ellos).

High School Musical 3. Fin de curso tiene sentido si se juzga desde el fenómeno fan adolescente, sabiendo que la generación que ahora la adora --incluida mi hija-- necesitará en apenas dos años estímulos cinematográficos más fuertes para encandilarles: cuestionamiento del poder, tríada sexo-juventud-belleza física, éxito y reconocimiento social, transgresión de las normas, incorrección política y, en ocasiones, nuevas formas de narración. Como todo filme Disney, High School Musical (2006) nació como telefilme para consumo en el propio canal de televisión, con un claro y nada desdeñable trasfondo pedagógico (como corresponde al género), reivindicando que los jóvenes tengan libertad de elección en sus aficiones, sin presiones paternas y sin dejarse encasillar por etiquetas (atletas, empollones, pijos, tirados...). Un tipo de cine, en definitiva, en las antípodas de Grease, el título que más se aproximaría --sin serlo realmente-- a la etiqueta de "película generacional" de mi generación de puretas ochenteros, puesto que carece por completo de intención pedagógica, al contrario: para los chicos sublima el comportamiento antisocial, la apoteosis del gamberrismo garrulo y la apología del gregarismo como forma de supervivencia; mientras que para ellas reserva el consabido recato sensiblero y el recurso excepcional a las armas de mujer con el único propósito de atrapar al chico. Estoy convencido de que ambos títulos encierran los puntos de vista que, como padres, nos enfrentarán con nuestros hijos llegado el momento.

La continuación de la saga --High School Musical 2 (2007)-- dejó de lado el paternalismo buenista para centrarse en el ideal adolescente por excelencia: el verano y su eterna promesa de amores y diversión. La película es una concesión directa y explícita a la audiencia juvenil que esperaba ver a sus ídolos relajados y dedicados a lo que se supone que deben hacer los adolescentes: tontear, flirtear, divertirse, actuar, cantar, bailar... Y de paso reconozcamos de una vez que son las dos últimas (y no otras) las razones fundamentales del éxito de la serie: canciones pegadizas y unos cada vez más trabajados números musicales. Tanta mercadotecnia, tanto análisis de audiencias y tanta zarandaja para acabar en el modelo de cine comercial más clásico del mundo: película + banda sonora.

Finalmente, High School Musical 3. Fin de curso es una sucesión de números cantados y bailados (algunos ciertamente espectaculares en cuanto a decorado y coreografía, al más puro estilo del musical clásico de Hollywood), sin apenas argumento ni escenas que desarrollen una trama. A este guión hecho de mínimos se le añade --con gran sentido comercial y guiño a los adultos acompañantes-- considerables dosis de conciencia generacional: el último año en el instituto, el salto a la universidad, la dispersión del grupo, el final de una época, la llegada de las responsabilidades ineludibles, el compromiso con el futuro... En fin, todas esas cosas que ni por asomo se nos plantean cuando nos toca vivirlas, pero que sin duda estaban ahí sin que supiéramos ponerles nombre, y que echamos de menos cuando llegamos a la crisis de los cuarenta. Es como si los guionistas hubieran pensado que, por una vez, valdría la pena que una generación fuera consciente de que es posible que sus sueños acaben --tarde o temprano-- saltando en pedazos, y que para contrarrestar esa nefasta posibilidad deberíamos disfrutar al máximo de los años de instituto, una época ideal para coleccionar buenos momentos que sirvan de futuro contrapeso a todo tipo de sinsabores. En otras palabras: disfruta porque el tiempo de la diversión sin responsabilidades se acaba, aprovecha para hacer lo que en verdad te gusta porque luego nadie te garantiza que puedas hacerlo.

Como en todo filme generacional que ejerce como tal es imposible que sus fans experimenten distanciamiento, ironía o sentimiento generacional, se limitan a disfrutar viendo en la pantalla a sus ídolos en las situaciones que les gustaría protagonizar a ellos. Todas esas capas de significación las añadirán más adelante, cuando --padres cuarentones ellos también-- comprendan que todo aquel fenómeno les marcó como la generación en que sin duda se habrán convertido. Pero eso ya es problema suyo, no mío. A mí lo que de verdad me preocupa ahora es saber cuál es la verdadera película generacional de mi generación. Se admiten sugerencias...

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