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domingo, 16 de noviembre de 2008

«Time is on my side»: introducción crítica al cine generacional

El tema del cine generacional me sigue rondando la cabeza por culpa de lo que escribí a propósito de High School Musical 3. Fin de curso (2008). Y es que no me conformo con etiquetar algún que otro filme, mi mente funciona así y necesito ir más allá porque siento que tengo más cosas para decir.

1. El cine generacional --por definición-- se experimenta como un acontecimiento, un hito asociado al comienzo o el final de una etapa vital, y por tanto frente a él no cabe ironía ni distanciamiento. Transmite por su contenido, por su punto de vista, por su forma, una sensación de pertenencia a un grupo, generalmente de la misma edad, que refuerza la socialización del individuo.

2. Es frecuente que a lo largo de su vida una persona pertenezca a más de una generación (en el sentido cultural y social), aunque por imperativo biológico forma parte una única vez de la más importante de todas: la que va asociada a su juventud, etapa en la que además se experimenta por primera vez ese sentimiento de tiempo irrepetible (uno está convencido de que su generación es la que culmina y supera a todas las demás). Esta conjunción de factores hace que durante la juventud otorguemos al tema de la generación un significado que explique y determine nuestra existencia y luego, con el paso del tiempo, nos convencemos de que aquellas experiencias nos hicieron diferentes (y mejores) de quienes nos suceden. En mi caso, me guste o no, estoy indisolublemente ligado a la década de los ochenta del siglo XX, lo que me convierte inevitablemente en un "pureta ochentero", etiqueta que, por descontado, exhibo con orgullo.

3. Una vez expulsados de la juventud (en general cuando volvemos la mirada atrás en el balance intermedio de los cuarenta) comenzamos a explicarnos las cosas en función de un renovado espíritu generacional; atribuimos significados trascendentes a determinados hitos del pasado que en su momento no vivimos como tales, con plena consciencia de su importancia: fracasos, obsesiones, sueños, conciertos, libros de influencia crucial, programas y series de TV y, especialmente, películas, las cuales fuimos a ver acompañados de nuestro grupo de referencia. A toro pasado y con la ventaja que supone que nadie pueda rebatir nuestros recuerdos, reconstruimos la amalgama de relaciones que establecimos entonces (ex-novias, mujeres que en un momento u otro nos rechazaron, a las que no hicimos ni caso consciente o inconscientemente y las que nunca sospecharon lo que sentíamos por ellas) a partir de los nuevos rasgos que atribuimos por consenso a nuestra generación. Al fin y al cabo, por simple crecimiento vegetativo, todas las generaciones acaban por imponer su propia visión del pasado --en la literatura, el cine, la prensa, la política, el ocio-- y poco a poco se va fraguando una mitología que refuerza aún más el espíritu de pertenencia. Cuando esto sucede se puede decir que esa generación se convierte en un lugar común para el recuerdo y, para los que vienen detrás, un punto del que alejarse como sea. Los puretas ochenteros acabamos de estrenar sala en el museo de la historia.

4. Quizá para otras sea un elemento a la baja, pero en mi generación el cine ocupa un lugar destacado, y en nuestra lista de películas-fetiche (me lanzo sin complejos a establecer una lista) no pueden faltar los siguientes títulos:

Aventuras: En busca del arca perdida (1982), Tras el corazón verde (1984).
Catastrofismo y naturaleza: El coloso en llamas (1974), Aeropuerto 1975 (1974), Tiburón (1975).
Comedia clásica: Tootsie (1982), Victor o Victoria (1982).
Comedia decente y familiar: E.T. El extraterrestre (1982), Gremlins (1984).
Comedia irreverente: La vida de Brian (1979), Aterriza como puedas (1980), ¡Jo, qué noche! (1985), Casada con todos (1988).
Comedia garrula: Porky's (1981), Risky business (1983), La mujer de rojo (1984), Despedida de soltero (1984).
Dramas exagerados: Rocky (1976), Kramer contra Kramer (1979), La fuerza del cariño (1983), Atracción fatal (1987).
Ficción alienígena y preadolescente: Encuentros en la tercera fase (1977), La guerra de las galaxias (1977), Alien, el octavo pasajero (1979).
Ídolos locales y ultralocales: L'orgia (1978), Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980).
Militancia incortrovertible: El padrino (1972), El expreso de medianoche (1978), Platoon (1986).
Morbo hormonal: El último tango en París (1972), El cartero siempre llama dos veces (1981), Nueve semanas y media (1985).
Musicales: Fiebre del sábado noche (1977), Grease (1978), Hair (1978), Fama (1980), Flashdance (1983).
Ñoñerías pastelosas: Oficial y caballero (1982), Top gun (1986), Dirty dancing (1987).
Terror irreprochable: El exorcista (1973), El resplandor (1980), Viernes 13 (1980), Pesadilla en Elm street (1984), Re-animator (1985).


Como hito final de juventud, inicio de madurez desencantada e inmersión en un universo digital que se intuía omnímodo destaco Blade runner (1982). A pesar de estrenarse al comienzo de la década proyectó una alargada sombra sobre el cine posterior y nuestra manera de verlo, convirtiéndose, tras sucesivas versiones cual aplicación informática, en el referente que mejor nos define: una generación de infancia completamente analógica que salió de la juventud exhibiendo la fe del converso en lo que se refiere a las bondades del universo tecnólógico. Hemos digitalizado nuestra música y nuestro cine, las gestiones y los recibos, la compra del super, el trabajo, las relaciones... y aun así seguimos enamorados de nuestra infancia analógica. Somos la última generación de nativos analógicos y la primera (por no decir la única) de inmigrantes digitales. Lástima que Hijos de Blade runner (1991) ya esté cogido como título, porque es perfecto como etiqueta filosófico-nostálgica para mi generación (mucho mejor que pureta ochentero).

Dos comentarios para terminar este arriesgado repaso: está claro que Spielberg y Lucas son los principales responsables de nuestro imaginario cinematográfico juvenil; y que 1982 fue un año privilegiado para el cine mundial.

5. El universo ético y sentimental que late detrás del cine de mi generación es el de unos pringados que se lanzaron a descubrir un mundo que al final nos convirtió en unos integrados/acomodados que reniegan o maquillan su pasado. Algo muy parecido a lo que sucedió con los hippys de los sesenta que en los ochenta gobernaron el mundo con neoconservadora mano de hierro, en las antípodas de sus reivindicaciones juveniles (paz, haz el amor y no la guerra, libertad, sexo, drogas, rock & roll...). Y aunque a más de uno/a le sorprenda, el cine negro y el personaje del detective privado al estilo Marlowe/Rockford constituían el referente del héroe solitario e independiente hacia el que tendían nuestras fantasías. Así que pringados, eclécticos, ingenuos, románticos sin saberlo o sin admitirlo, acomodaticios en lo social, convencionales en el trato, pasotas en lo político, sobrinos de la represión en lo sexual.

6. La generación que nos sucedió, sin embargo, parte de una situación radicalmente diferente: la realidad de un mundo competitivo en el que será necesario ir a por todas y el blindaje ante esa perspectiva constituyen su horizonte. Crecen con el convencimiento de que no lograrán superar en bienestar a la generación de sus padres. Y mientras nosotros vivimos angustiados por el paro, ellos lo hacen por la continuidad de su ocio, ya que el trabajo precario y discontinuo es la pauta insalvable. Su ética es la del francotirador, la de aprovechar el momento, la del pesimismo realista ante la imposibilidad de cambiar o reformar el mundo. No estoy en condiciones de ofrecer la lista de sus títulos de cabecera; aunque algunos ya lo están haciendo.

7. La generación HSM, por último, está viviendo su momento de esplendor. De momento somos nosotros quienes les hemos etiquetado, a pesar de que no saben siquiera qué es una generación. No podemos evitar ese sentimiento cuando escuchamos sus canciones; no son más que palabras pero nos parece que hablan de una juventud que se prepara desde muy pronto para tomar el timón, dispuesta al relevo porque el tiempo está de su parte. Es el mismo latido generacional que para nosotros tenía Don't you (forget about me) de Simple Minds. No encontrarás ni un solo pureta ochentero que reniegue de ella.
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