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martes, 20 de enero de 2009

Laberintos de difícil salida (La clase)

Laurent Cantet (n. 1961) es un joven cineasta francés que ha puesto sobre sus hombros la pesada carga de hurgar con su cine en los temas sociales que la izquierda europea de toda la vida ha usado como bandera: en Recursos humanos (1999) las relaciones entre sindicatos y empresarios; en El empleo del tiempo (2002) la sociedad del ocio prematuro; y en Hacia el sur (2006) el descubrimiento del lado oscuro del paraíso. Ahora, con La clase (2008), le ha tocado al sistema educativo (público, por supuesto), esas entrañables instituciones que, en según qué contextos, se están convirtiendo en pequeños polvorines generacionales. El único problema de este bonito panorama es que la izquierda de toda la vida ya no existe; sus reivindicaciones y sus ideas se han evaporado y sólo ha quedado una etiqueta --y mucha mala conciencia-- que da por supuestas determinadas opiniones sobre la sociedad, la economía y la política, de la que únicamente ciertos matices las distinguen de las recetas conservadoras.



Aun así, cada película de Cantet sabe huir del maniqueísmo paternalista de esa antigua izquierda, y se las apaña para poner en primer plano los temas que están en la calle, aunque no en la agenda política. En Recursos humanos sorprendía gratamente al introducirse en los entresijos del mundo laboral, aunque al final uno valorara más esta audacia que no los resultados concretos. La escuela, en cambio, es casi un subgénero cinematográfico, de modo que los méritos de La clase hay que confrontarlos con el resto de la filmografía sobre el tema. Para empezar, la forma de prepararla: el casting de los alumnos que forman la clase se hizo mediante talleres en un instituto de las afueras de París, de manera que en ellos se pulieran los temas del guión, el desarrollo de las escenas y el reparto (los que quedaron al final se incorporaron directamente a la película); y que me recordó mucho a la planificación previa de Shortbus (2006). Semejante esfuerzo preparatorio se ve recompensado por la frescura y la espontaneidad de sus diálogos; aunque la gran paradoja en este caso es que, tras las alabanzas del propio Cantet al trabajo realizado por los alumnos/actores, laten los mismos problemas y actitudes que interpretan, los cuales quedaron en segundo plano porque la película proporcionó la dosis extra de motivación de la que carecen en condiciones normales. El segundo gran acierto: elegir como protagonista y co-guionista a François Bégaudeau, autor del libro en el que se inspira libremente el filme. En España hace tiempo que se publicó, con un estilo y un formato muy parecido, Crónica de un profesor en secundaria (2001) de Toni Sala, el cual devoré en su momento y del que --¡oh sorpresa!-- el cine español no mostró el más mínimo interés. Más allá del buen hacer como actor de Bégaudeau, está la ventaja de contar para el papel con un auténtico profesor; sólo por eso, La clase rebasa a todos sus rivales cinematográficos recientes.

La forma de rodarla (las escenas en la clase se filmaron con tres cámaras: una enfocando permanentemente al profesor, otra al personaje que habla y otra recogiendo los detalles menores) hace que se acentúe la verosimilitud de su tono documental (cuidadosamente planificado y sin perder espontaneidad); provocando además un beneficioso efecto colateral: la aceleración del ritmo narrativo y evitando que el abultado metraje del filme acabe lastrando la impresión final del espectador. La película pasa --al menos a mí-- en un suspiro, acumulando sin pausa y sin apenas orden sucesos divertidos, tensos, extraños, dolorosos, violentos, anodinos... siempre con la sensación de que acabará brotando un argumento, o la acción cristalizará en un significado trascendente que vaya más allá de la mera representación de la acción. Un retrato directo y sin moralinas de la vida cotidiana en las escuelas multiculturales. Y de paso, deja en evidencia las premisas contradictorias de un sistema educativo universal y obligatorio del que, sin embargo, se expulsa a los díscolos e inadaptados. ¿Expulsados adónde, si hasta los 16 años no pueden ir a otra parte? La película, además, dibuja claramente el abismo que separa los universos de profesores y alumnos, unos quemados y en el punto de mira de la sociedad, los otros desnortados, sabiendo que resultan intocables a pesar de estar en la base de la pirámide educativa y, a la vez, evidenciando su incapacidad para percibir los beneficios del estudio. Todo servido sin intención didáctica ni pretendiendo aportar soluciones (¿alguien las tiene?). Yo me quedo con la permanente sensación de frustración de los profesores, obligados a bajar el nivel para poder llegar a todo el grupo, su disponibilidad sincera a poco que un alumno muestre un poco de interés en lo que enseñan, el destierro de la disciplina y los patéticos intentos de reintroducirla a base de pequeños e inútiles gestos. Sobre los alumnos, a poco que se profundice en el tema, uno se da cuenta de que el problema al que se enfrentarán las sociedades occidentales dentro de una década no tiene que ver únicamente con los múltiples orígenes de su población, sino con el grupo --cada vez más amplio-- de jóvenes que no ven utilidad alguna en la enseñanza (y por tanto se desentienden), incapaces de relacionar su nivel de formación con su calidad de vida futura. Unos chavales que ya ejercen de consumidores a pleno rendimiento sin admitir que, a cambio, semejante condición les obligue a formarse previamente como ciudadanos con criterio. Lo digo sin asomo alguno de falsa mala conciencia izquierdosa, que conste. Es la preocupante amenaza de una sociedad compuesta por personas que no son malas, pero sí tontas (Mendoza dixit), a merced del primer manipulador populista que pase.

En definitiva, La clase es un filme que nos devuelve un Cantet en forma, con sus temas de indudable calado político tratados de forma amena; y aunque probablemente no todos se sentirán igual de atraídos ni satisfechos con lo visto, yo la recomiendo aunque sólo sea para disfrutar de algunos momentos de buen cine que contiene.
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