Filme deliberada y conscientemente amateur, tanto por la necesidad de no invertir demasiado en la producción y, a la vez, hacer una película que todavía tenga sentido estrenar en un cine. Mejor dicho, en un cine muy concreto: el Verdi, una de las muchas almas del barrio barcelonés de Gràcia (para mí, una de las más esenciales). Hablamos de una película que atraiga y guste a la gente que vive cerca de ese cine, pero no porque defiendan y reivindiquen una forma de diversión y de cultura (absolutamente en retroceso y serio riesgo de desaparición), sino por el orgullo de darlo a conocer, una oportunidad de mantener ese utópico y entrañable espíritu de cine popular ya casi extinguido en Barcelona, Cataluña, España, Europa y el mundo... Quién sabe cuánto más podrá mantener el Verdi su personalidad actual gracias a un público fiel y suficiente; pero lo cierto es que el centenario le pilla en pleno apogeo, con una variopinta comunidad de culturetas, erasmus y expats, sin renunciar a conservar ese público --en el que me incluyo-- de proximidad que lo mantiene vinculado a Gràcia. La vida és Verdi (2026) es un homenaje, pero también un proyecto para mantener con vida un cine que ha sido muy importante para varias generaciones. Y lo quiere seguir siendo...
El filme y el momento del preestreno me tocan muy de cerca porque he formado parte de la historia que cuenta --como habitante del barrio durante más de una década y como espectador anónimo-- desde prácticamente la (re)apertura que abrió la etapa que aún disfrutamos. En 1988 empecé a frecuentarlo, atraído por su cartelera independiente y por la películas que, aún no lo sabía, acabaría englobando bajo la categoría de cine raro, una denominación que se ha convertido con los años en la mejor descripción de mi gusto cinematográfico tal como lo experimentan quienes me conocen.
Por circunstancias sobrevenidas, muy pocos años después alquilé un piso (aún se podía hacer algo así en solitario) a menos de cien metros del cine, lo que acabó de determinar y consolidar muchas cosas: una cinefilia solitaria, las películas más inesperadas como complemento para mis muchos y diversos estados de ánimo y, por qué no, un lugar para culminar citas al más puro estilo boomer, totalmente a contracorriente de los tiempos. Una amalgama de circunstancias que cristalizaron en una de mis expresiones favoritas para definirme ante los demás: declararme orgullosamente como un animalillo del Verdi.
No es difícil llenar un filme con cien años de existencia de un cine, porque hay donde elegir: puedes incluir fragmentos con el estilo documental de los canales temáticos, indagación historiográfica, recreación nostálgica que evoca claramente a Cinema Paradiso (1988), unas gotas de experimentación formal y narrativa, y una conveniente reivindicación del colectivo gitano, de amplia y dilatada tradición en Gràcia... Cada elección podría dar lugar a una película completa e interesante, pero Berta García Lacht ha preferido meter un poco de todo, que nada predomine ni quede fuera: aprovechar las visitas de cineastas internacionales (Richard Gere), aprovechando la celebración del BCN Film Fest; y otros no menos influyentes que descubrieron el cine en sus salas en algún momento de sus vidas (Isabel Coixet, Albert Serra. J. A. Bayona). También entrevistar personas mayores que compartan sus recuerdos del Verdi anterior a 1987... Todo hilvanado en un argumento mínimo, surreal y necesariamente vinculado al cine. Un poco de humor, algo de narración autorreferencial, escenas reconstruidas y testimonios clave... Todo en dosis suficientes para atraer a muchos graciencs, tantos como para llenar tres salas hasta la bandera el día del prestreno.
La cosa es que cien años --aunque sea con intermitencias-- dedicados a la exhibición son muchos; y que ese centenario coincida con la plena efervescencia de público demuestra que el negocio y la cultura no son incompatibles, que los cines desaparecen porque la industria lo quiere así, no porque no exista un anhelo colectivo e individual de juntarnos a disfrutar en la oscuridad de tantas y tantas vidas imaginadas. ¡Felicidades Verdi, que sean cien más!

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