Lúcido e interesante Sorrentino (La grazia)

"La grazia" (2025) de Paolo Sorrentino, un inesperado drama de su estilo pero, esta vez también, altamente conmovedor.
Por fin una película de Paolo Sorrentino en la que no se dispersa y, ya perdida toda esperanza, acierta a presentar la historia mediante escenas que, sin dejar de caracterizar sus tics estilísticos (escenas raras, tontas, divertidas, chuscas, interesantes, conmovedoras), consigue alinearlas con el eje central de la historia. La grazia (2025) no es una obra maestra, ni siquiera un filme redondo, pero sí bien definido y desarrollado. A diferencia de otros filmes suyos, esta vez no me ha asaltado esa sensación de inconcreción, de innecesario derroche visual y estético, de no tomar en serio el desenfrenado aluvión de cuestiones y obsesiones que despliega sin orden, prioridad ni concierto. El motivo es claro: en La grazia el guión desarrolla un único hilo argumental, sin boutades ni circunloquios cuya intención no declarada suele ser encandilar y lucir andamio.

Mariano de Santis (Toni Servillo, que ya trabajó con Sorrentino en La gran belleza y se ha llevado un premio por su interpretación en un papel en el que era tan fácil quedarse corto como excederse) es un juez jubilado al que le quedan seis meses de mandato como presidente de la república italiana. En ese tiempo, en la excéntrica soledad del Palacio del Quirinal, se espera que firme la primera ley sobre la eutanasia de la historia de Italia (un acto que, a día de hoy, sigue siendo delito en ese país), y de paso decida sobre dos polémicas peticiones de indulto para dos asesinos cuyos crímenes están repletos de matices opuestos y contradictorios. De hecho, la película aglutina todo esto a partir del único nexo que parecen tener en común: son peticiones desesperadas acerca de la propia vida (la eutanasia la pide quien desea morir, el indulto quien desea seguir viviendo). De esa concurrencia surge el leitmotiv principal del guión, el cual interpela al espectador de modo muy directo con una frase que se formula varias veces: ¿A quién pertenecen nuestros días? O dicho de otra manera: ¿quién tiene la potestad de decidir sobre el final o la continuidad de nuestros días de vida?

Por su carácter y experiencia profesional, De Santis es un hombre que busca la verdad, certezas incontrovertibles que le aseguren que su decisión es la correcta, y que además se mantendrá así en el tiempo. A la preguntas inicial, Mariano añade otras: para tranquilizar su conciencia, para determinar si un argumento será válido para todos, para detectar sesgos y prejuicios... Pero la muerte de su mujer (ocurrida hace años pero que aún no ha superado) y el descubrimiento de que le fue infiel con alguien de su círculo de amistades -- y que ella no le reveló nunca-- desordenan su mundo interior. Y ya no sabe si actúa movido por el deseo de revancha, la compasión o conveniencia debida a su legado político.



A este sólido argumento hay que añadir los detalles marca de la casa Sorrentino: a este presidente, tan conservador en muchos aspectos, le fascina el acid house y el rap subversivo, con esas letras que son prácticamente una poesía desesperada, también exagerada, en la que se acopla un continuo de contradicciones del mundo cartesiano en el que siempre se ha movido De Santis. Es la excusa perfecta para componer una ecléctica banda sonora que incrementa exponencialmente la fuerza de determinadas escenas (el recibimiento al presidente de Portugal, pero sobre todo la despedida del personal del palacio mientras resuena la contundente Le Bimbe Piangono del rapero Guè). A De Santis, sus convicciones biográfico-profesionales no le impiden buscar razones para estampar su firma más allá sus argumentos jurídicos, incluso visitar en la prisión a los solicitantes de indulto (dos escenas muy bien resueltas y con espléndidos diálogos).

Es como si Sorrentino se hubiera dado un golpe y de pronto decide ir directo al meollo, evitando perderse en lo accesorio y poner --esta vez sí-- una dramatización al servicio del tema principal de la película. Empezando por el dilema que sirve de punto de partida a la historia: las dudas, los requiebros, las huidas, los despistes, los errores... cada elemento aparece en alguna escena, explicada y montada al estilo Sorrentino, desde luego, pero sin desvirtuarlas con imágenes o situaciones que la eclipsen. Y luego el retrato del poder, en una composición totalmente artificiosa pero absolutamente verosímil y significativa: nunca vemos la parte multitudinaria del cargo, la actividad política, solamente el trato con la camarilla más cercana o los encuentros que pueden aportar algo al debate. Y también la soledad radical del personaje en su palacio, el reducidísimo gabinete de cargos cercanos (su hija, jurista como él, el guardaespaldas, cargos importantes que además son compañeros de infancia. Una sutil carga de profundidad...). Y luego la habitual galería de variopintos seres que circulan por la película, de los que esperamos ansiosos una revelación, un razonamiento a favor o en contra. Misteriosamente, Sorrentino no se ha dejado llevar por la vena exhibicionista, surreal y/o exagerada, y el resultado es un drama potente de una intensidad que me ha atrapado.

Eso sí, no descartemos nuevas patochadas de Sorrentino en el futuro, al fin y al cabo, su forma de armar historias exhibe un difícil equilibrio y, visto lo visto, le está costando dar con el punto justo para cada componente. No creo que de pronto haya alcanzado una nueva lucidez sobre el mundo y los humanos, ni que el resto de su filmografía vaya a ser una sucesión de obras maestras. Aun así, tampoco descartemos más buenas películas. Mientras tanto, me quedo con el buen rato y las reflexiones que me ha inspirado La grazia.

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