Primeros planos y, a veces, la palabra (El ser querido)
Con "El ser querido" (2026), Sorogoyen y Peña parecen haber encontrado un equilibrio narrativo y experimental compatible con lo comercial.
El tándem Rodrigo Sorogoyen (director) e Isabel Peña (guionista) sigue explorando su estilo personalísimo para narrar historias y, de paso, va incorporando una perspectiva acerca de las cosas y los temas que ocupan sus películas (conflictos, contextos, personajes, relaciones, reacciones). Y parece que, con El ser querido (2026), han alcanzado un punto de equilibrio. No es solamente que hayan reunido dos contundentes interpretaciones a cargo de Victoria Luengo y Javier Bardem, sino que consiguen mantener a raya ciertas inclinaciones estéticas y formales que en título anteriores, a mi juicio, acaparaban demasiada atención y eclipsaban al argumento.
Desde que atrajeron miradas con El reino (2018), lo petaron en Antidisturbios (2020) y se consagraron con As bestas (2022), parecen haber dado con un modo narrativo que combina una limitada experimentación formal, preferencia por sucesos en los márgenes de la realidad visible y una intensidad sentimental que atrapan con facilidad a las audiencias. El ser querido expande las mejoras vistas en As bestas, pero añadiendo la combinación de dos interpretaciones protagonistas que pugnan por atraer la máxima carga dramática. El argumento sigue siendo de mínimos, con una historia que avanza a base de miradas y cambios bruscos de plano, escaramuzas en apariencia sin consecuencias y diálogos al vuelo... Y con la ventaja de que el esquema que sostiene el drama es de sobras conocido y de fácil orientación: la tormentosa relación personal y artística entre un padre (cineasta de éxito internacional, absolutamente narcisista y patriarcal) y una hija (abandonada en la adolescencia, actriz sin suerte, inestable) que de repente se ve inmersa en un rodaje de primera división.
No me convenció demasiado la mitificación antropológica de la Galicia profunda y el aura de misticismo artificial de As bestas --similar a la que exhibe de O que arde (2019) de Oliver Laxe--; pero en esta de ahora, con prácticamente los mismos ingredientes, la mezcla ha funcionado mejor: no es solamente que director y guionista conozcan a la perfección los tipos humanos y el ambiente en el que se desarrolla la historia, sino que evitan conscientemente las trampas del drama exagerado y catártico; esquivan la tentación de convertirla en una de esas películas que se posicionan eligiendo un tema de moda en el debate público e intentan que se convierta en guía para un cambio social. Pues no, las películas no hace falta que aspiren a tanto, ya es mucho si consigue transmitir, conmover e invitar a la reflexión.
Una historia sobre el arte y el bagaje vital de los artistas en constante retroalimentación no exige necesariamente una mirada estetizada sobre un mundo en desaparición, basta centrarse en el aspecto que más atrae al público: el rodaje, con sus posibilidades narrativas y dramáticas. Y ahí Sorogoyen lo da todo, con planos que expresan más de lo que significan. Y poco a poco, sin contextualizar apenas, sin planos generales, con cambios repentinos que impiden que las reacciones degeneren, va construyendo un conflicto que enseguida sabemos que no quebrará de forma catártica y previsible, aceptando con crudo realismo que el arte y la vida nunca se resuelven como a la ficción ni a nosotros nos gustaría. A veces basta con un intercambio de miradas. Porque la vida es así de imprevisible, injusta e irracional.

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