Miserias y desventuras del Imperio Británico, y del cine también (Mister Johnson)
Revisión de "Míster Johnson" (1991), intento fallido de Bruce Beresford de asaltar el olimpo de los grandes cineastas.
Cuando escribí la crónica de La risa y la navaja (2025) reabrí imprudente la carpeta de mis años de estudiante de antropología, concretamente la extraña mezcla de lecturas y filmes con que fui alternando los temarios oficiales. La cosa es que no me apetece cerrarla: he sentido la necesidad de volver a ver Mister Johnson (1991) y recrearme en la fascinación que me produjo entonces el descubrimiento de un género muy específico --casi una rareza-- el de la ficción de temática antropológica. Se basa en un texto escrito en pleno apogeo de la disciplina a pesar de no salirse voluntariamente de los límites de una ideología que ocultaba/negaba los prejuicios y jerarquizaba las diferencias culturales, convencida de estar en posesión de una verdad incontrovertible. Me interesé sobre todo por la obra del escritor irlandés Joyce Cary (1888–1957), que trabajó entre 1914 y 1920 como funcionario colonial en Nigeria y estuvo en contacto con las mismas culturas primitivas que interesaban a los antropólogos, pero por motivos completamente distintos (administrativos, comerciales y de sometimiento). Me fascinó --lo sigue haciendo-- su forma sesgada de experimentar y describir un entorno multicultural que creía conocer a la perfección, cuando en realidad lo único que se le pedía era que mantuviera el statu quo de la minoría británica. Cary no podía o no quería admitir que era una pieza más en el engranaje de la explotación y la represión, así no debe sorprender que sus textos apenas abran pequeñas grietas en el monolito ideológico del imperialismo. En esa crítica incipiente estaba la antropología, a la que consideraba un saber ingenuo y equivocado que interfería en su trabajo como funcionario. Con todo, me gustaba como él mismo se situaba en la intersección de intereses opuestos que representaban el gobierno colonial, los antropólogos inocentes y los avariciosos comerciantes, tratando de mostrar alternativas a los enfrentamientos que llenan sus novelas africanas. Me resultaba muy atractiva esa mezcla de vivencia directa y espíritu crítico, una variante hecha con los mismos materiales de la experiencia antropológica que nos inculcaban en la universidad, a la que yo añadía mi propia versión del análisis cultural: desmenuzar significados en obras no académicas empleando teorías y conceptos académicos. Mas o menos lo que he acabado haciendo en este blog desde 2003.
Bruce Beresford venía de triunfar en los Oscar con Paseando a Miss Daisy (1989), así que lo normal es que su siguiente película estuviera bien financiada, interpretada por estrellas de primera fila y dispusiera de un buen guión. Nada de eso sucedió, al menos desde el punto de vista del negocio cinematográfico. Beresford se jugó su efímero prestigio en la adaptación de una novela desconocida para el gran público y la mayoría de la crítica, un clásico literario de determinados ambientes universitarios de habla inglesa. Quizá su intención era rodar unas nuevas y mejores Memorias de África (1985) --que fueron bastante dignas y rentables en todos los sentidos-- pero incorporando un trasfondo político que visibilizara los conflictos que provocaba el colonialismo (Sidney Pollack se limitó a tocar el tema de la guerra europea) y un retrato más respetuoso de los pueblos y culturas sometidos por Gran Bretaña.
Ambientada en 1923, la historia trata de aislar la esencia de un supuesto carácter africano --encarnado por Míster Johnson-- que justifique la presencia de los británicos y su tutela a todos los niveles. El protagonista, ante cada dificultad o error propio, se comporta con inmadurez; reacciona ante las evidencias en contra con ingenuidad e incapacidad para atenerse a unas normas, por lo que sus superiores no tienen más remedio que imponerle castigos. Exactamente lo mismo que los administradores coloniales deben hacer ante costumbres irracionales, tradiciones que chocan con las buenas costumbres o resistencias ante el expolio comercial. El mismo esquema que se consideró en su momento un argumento original para reforzar la necesidad de una autoridad colonizadora se interpreta hoy --adaptación cinematográfica mediante-- en una inteligente crítica a la misma autoridad. El significado ha cambiado radicalmente gracias al marco de significación vigente. ¿Cuántos textos y narraciones se han salvado o intentado salvar de esta manera?
El libro fue una lectura habitual en las universidades inglesas hasta mitad del siglo XX; se consideraba un texto lúcido, humorístico y triste a la vez, que servía a los estudiantes como primera introducción antes de sumergirse en los tratados más sesudos de la disciplina. Míster Johnson --en el libro un nigeriano de 17 años, en la novela un adulto a punto de casarse-- se muestra incapaz de controlar sus impulsos y, cuando se ve acorralado, invoca su consideración de ciudadano británico (no por nacimiento, sino por el hecho de trabajar para ellos). El libro es una sucesión de constantes e infructuosos intentos por enriquecerse, pero también para reivindicarse, para ser considerado por fin un igual entre sus iguales. Y aunque ciertamente hay situaciones chiscas y divertidas, la película adopta un tono más compasivo hacia el personaje, incidiendo en el egoísmo de los británicos, que se aprovechan de sus acciones y le utilizan como cabeza de turco cuando las cosas se tuercen. Beresford hace una inteligente adaptación del texto que selecciona y enfatiza únicamente todo lo que pueda considerarse una impugnación crítica del imperialismo, y añade una en la reivindicación de las culturas sometidas y una perspectiva más humanista de la relación entre opresores y oprimidos mucho más acordes con su tiempo de producción (en esto replica el mismo esquema que Memorias de África). El motivo es obvio: se está dirigiendo a audiencias concienciadas e informadas, que buscan ante todo recrearse en los principios de progreso en un pasado marcado por la dominación violenta, acallar su mala conciencia por un pasado vergonzoso de cuyos beneficios sin embargo disfrutan. El recurso más habitual entonces es apostar por esas improbables amistades entre personas que pertenecen a mundos diferentes y, por tanto, obligadas a separarse o enfrentarse, ya que permiten un desarrollo dramático en el que un final injusto o cruel sirven para reforzar la visión crítica.
La cosa es que Míster Johnson no atrapa a espectadores deseosos de entretenimiento ambientado en localizaciones exóticas, tampoco a los interesados en una lectura más ideológica o sociológica del tema. Puede que Beresford quisiera demostrar sus capacidades en filmes más complejos o polémicos, labrarse una reputación de cineasta todo terreno (cuyas ventajas profesionales sin duda intuyó gracias a la buena repercusión de su sutil posicionamiento antirracista en Paseando a Miss Daisy). La necesidad de ser fiel a la obra y el tratamiento dramático y visual son flojos, apenas dejan sitio para escenas significativas o diálogos inspirados más allá o al margen del esquema literario. A la película no le fue demasiado bien --aunque tampoco pueda decirse que fuera un fracaso del estilo Días del cielo (1978)-- pero Beresford ciertamente quemó sus naves con ella...
Bruce Beresford venía de triunfar en los Oscar con Paseando a Miss Daisy (1989), así que lo normal es que su siguiente película estuviera bien financiada, interpretada por estrellas de primera fila y dispusiera de un buen guión. Nada de eso sucedió, al menos desde el punto de vista del negocio cinematográfico. Beresford se jugó su efímero prestigio en la adaptación de una novela desconocida para el gran público y la mayoría de la crítica, un clásico literario de determinados ambientes universitarios de habla inglesa. Quizá su intención era rodar unas nuevas y mejores Memorias de África (1985) --que fueron bastante dignas y rentables en todos los sentidos-- pero incorporando un trasfondo político que visibilizara los conflictos que provocaba el colonialismo (Sidney Pollack se limitó a tocar el tema de la guerra europea) y un retrato más respetuoso de los pueblos y culturas sometidos por Gran Bretaña.
Ambientada en 1923, la historia trata de aislar la esencia de un supuesto carácter africano --encarnado por Míster Johnson-- que justifique la presencia de los británicos y su tutela a todos los niveles. El protagonista, ante cada dificultad o error propio, se comporta con inmadurez; reacciona ante las evidencias en contra con ingenuidad e incapacidad para atenerse a unas normas, por lo que sus superiores no tienen más remedio que imponerle castigos. Exactamente lo mismo que los administradores coloniales deben hacer ante costumbres irracionales, tradiciones que chocan con las buenas costumbres o resistencias ante el expolio comercial. El mismo esquema que se consideró en su momento un argumento original para reforzar la necesidad de una autoridad colonizadora se interpreta hoy --adaptación cinematográfica mediante-- en una inteligente crítica a la misma autoridad. El significado ha cambiado radicalmente gracias al marco de significación vigente. ¿Cuántos textos y narraciones se han salvado o intentado salvar de esta manera?
El libro fue una lectura habitual en las universidades inglesas hasta mitad del siglo XX; se consideraba un texto lúcido, humorístico y triste a la vez, que servía a los estudiantes como primera introducción antes de sumergirse en los tratados más sesudos de la disciplina. Míster Johnson --en el libro un nigeriano de 17 años, en la novela un adulto a punto de casarse-- se muestra incapaz de controlar sus impulsos y, cuando se ve acorralado, invoca su consideración de ciudadano británico (no por nacimiento, sino por el hecho de trabajar para ellos). El libro es una sucesión de constantes e infructuosos intentos por enriquecerse, pero también para reivindicarse, para ser considerado por fin un igual entre sus iguales. Y aunque ciertamente hay situaciones chiscas y divertidas, la película adopta un tono más compasivo hacia el personaje, incidiendo en el egoísmo de los británicos, que se aprovechan de sus acciones y le utilizan como cabeza de turco cuando las cosas se tuercen. Beresford hace una inteligente adaptación del texto que selecciona y enfatiza únicamente todo lo que pueda considerarse una impugnación crítica del imperialismo, y añade una en la reivindicación de las culturas sometidas y una perspectiva más humanista de la relación entre opresores y oprimidos mucho más acordes con su tiempo de producción (en esto replica el mismo esquema que Memorias de África). El motivo es obvio: se está dirigiendo a audiencias concienciadas e informadas, que buscan ante todo recrearse en los principios de progreso en un pasado marcado por la dominación violenta, acallar su mala conciencia por un pasado vergonzoso de cuyos beneficios sin embargo disfrutan. El recurso más habitual entonces es apostar por esas improbables amistades entre personas que pertenecen a mundos diferentes y, por tanto, obligadas a separarse o enfrentarse, ya que permiten un desarrollo dramático en el que un final injusto o cruel sirven para reforzar la visión crítica.
La cosa es que Míster Johnson no atrapa a espectadores deseosos de entretenimiento ambientado en localizaciones exóticas, tampoco a los interesados en una lectura más ideológica o sociológica del tema. Puede que Beresford quisiera demostrar sus capacidades en filmes más complejos o polémicos, labrarse una reputación de cineasta todo terreno (cuyas ventajas profesionales sin duda intuyó gracias a la buena repercusión de su sutil posicionamiento antirracista en Paseando a Miss Daisy). La necesidad de ser fiel a la obra y el tratamiento dramático y visual son flojos, apenas dejan sitio para escenas significativas o diálogos inspirados más allá o al margen del esquema literario. A la película no le fue demasiado bien --aunque tampoco pueda decirse que fuera un fracaso del estilo Días del cielo (1978)-- pero Beresford ciertamente quemó sus naves con ella...

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