Pura ficción. Pura manipulación (Hope)

La surcoreana "Hope" (2026) de Na Hong-jin es un ejemplo perfecto de intensificación de lo comercial sobre un género ya rendido a lo comercial.
Cuarto largometraje del surcoreano Na Hong-jin, un director con tendencia a las tramas y personajes del género noir que últimamente parece decantarse hacia el terror. Después de la distópica El extraño (2016), se ha lanzado a la acción enloquecida con Hope (2026), un argumento que mezcla con sobreabundancia tensión, suspense, terror, sarcasmo y rareza. Todo en muy desiguales dosis. Un título claramente alineado con Nop (2022), Barbarian (2022), El último late night (2023) o Weapons (La hora de la desaparición) (2025); incluso la mítica Hardcore Henry (2015). Títulos con al menos una cosa en común: estar sobrados de distaciamiento cool, varias capas de significación, dobles sentidos, posmodernismo y referencias a la cultura popular.

Hope es una película hiperbólica en todos los sentidos: violencia directa y sin tapujos, personajes esquemáticos y ridículos, situaciones al límite, acción a raudales, efectos especiales y una historia que deja boquiabierto durante los primeros 49 minutos (que es cuando hay un cambio determinante). A partir de ahí, la historia no deja de desinflarse. Al principio es apenas un soplo, pero la última media hora es un huracán que arrasa con todo resto de coherencia y deja el argumento, los diálogos y las situaciones en los puros huesos. El conjunto resultante está más cerca del cómic --perdón, novela gráfica-- que del audiovisual.


Desde Parásitos (2019) nos hemos acostumbrado al tempo ultralento del cine surcoreano, bastante más de lo que gastamos en el cine occidental. No es solamente que se recree en ciertas situaciones y reacciones, sino que las prolongue hasta lo narrativamente inverosímil y lo físicamente imposible. A su lado, el estilo de Peckinpah no pasa de aficionado. No me queda claro si esta preferencia al abuso de la compresión temporal es una adaptación de su modo literario de narrar, o la prueba definitiva de que han interiorizado hasta tal punto el estilo del audiovisual comercial occidental que ya se sienten capaces de introducir sus propios recursos, revelando de paso algunas de sus obsesiones y predilecciones (no siempre afortunadas). O simplemente asistimos a una estrategia que busca expandir al máximo el atractivo comercial de un cine ya de por sí rendido a lo comercial.

La cosa es que, en Hope, funciona; es innegable que este estilo se adapta como un guante al género de acción. Hasta que --como occidental-- se enfría mi entusiasmo ante semejante acumulación de escenas donde se prescinde completamente de la física newtoniana y los protagonistas pueden recibir golpes que les lanzan a decenas de metros de distancia y se levantan con solo dos arañazos más; o perseguidos y perseguidor exhiben tan descaradamente dos velocidades incompatibles que es imposible que tarden tanto en alcanzarse (o no lo hagan nunca). Retorcer tanto la acción acaba provocando el efecto contrario al de la primera hora de película: resulta artificial, exagerado y grotesco. Hay que conformarse con los golpes de humor y el sarcasmo violento en los momentos más inesperados para ir sobrellevando la hora final (más de 180 minutos en total). Hope es un globo al que apenas le queda aire después de exprimir hasta más allá del límite la acción más percutante.

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