Visiones del futuro inhóspito que estamos construyendo (George Orwell: 2+2=5)
Raoul Peck demuestra de nuevo su capacidad analítico-crítica con "Orwell: 2+2=5" (2025), un filme contundente, incómodo y sin pelos en la lengua.
Raoul Peck continúa trabajándose su fama de cronista duro y corrosivo, alertando a quien quiera ver y escuchar cómo se nos echa encima una etapa de tremendo retroceso democrático e ideológico. Llevamos 150 años escurriéndonos por la pendiente, y ya empezamos a asomarnos al abismo, y durante este tiempo, las ideologías de la desigualdad amparadas en la violencia buscan la eliminación física del débil, el extranjero, el diferente, el crítico, el alternativo, el disidente. Eliminarlos y borrar toda huella de su legado personal y social. Tras su implacable repaso a la devastación provocada por grupos armados y descontrolados en África y en su Haití natal, su filmografía entró en una fase más analítica e inculpatoria, con filmes que enfrentaba escritos de fanáticos violentos y/o intelectuales críticos con I am not your negro (2016) y la miniserie Exterminad a todos los salvajes (2021). El tema central de ambas es el racismo como núcleo organizador de la sociedad occidental; pero no el de bajo nivel que desarrollan las clases populares sin argumentos racionales y con el único propósito de eliminar competidores en su lucha para obtener trabajos precarios, sino el que se ejerce desde arriba, desde los gobiernos que tienen la sartén de la tecnología y el comercio por el mango. Una ideología letal que ha justificado durante décadas la explotación de seres humanos y el sometimiento de los mismos países que --mira tú qué casualidad-- hoy no logran salir del subdesarrollo. No ha sido una tarea llevada a cabo por políticos mediocres y funcionarios en solitario, el Imperialismo colonial se sustentó también en las instituciones y en la enseñanza superior, que suministraron de buen grado ridículas teorías supremacistas que sirvieron de pretexto para cometer toda clase de masacres y operaciones de exterminio. Actos cuyas consecuencias siguen avivando hoy buena parte de los conflictos territoriales y étnico-religiosos del planeta.
En pleno apogeo de este ciclo devastador, no es extraño que, a mediados del siglo XIX, la parte más utópica del pensamiento de un exiguo filósofo alemán se convirtiera en una praxis política que se expandió como la pólvora en la lucha contra la pobreza, la explotación laboral y la desigualdad provocadas por la Revolución Industrial. El marxismo --con todas sus variantes mayoritarias, radicales, quiméricas, incluso las que no pasaron de meras formulaciones escritas sin conexión alguna con la realidad-- se convirtió, entre 1870 y 1989-- en el movimiento político más poderoso frente a un capitalismo sin control. La clave de su éxito no estuvo en su crítica razonada y robusta de un sistema económico que se autoinduce sus propios colapsos, sino en una promesa nunca formulada en detalle: la instauración de una sociedad radicalmente igualitaria hecha con los mismos materiales del capitalismo, desmontados y remontados de manera que no supusieran un peligro para sí mismo y para los trabajadores. Nunca la vimos funcionar a pleno rendimiento, tan sólo hemos sido testigos de algunos prototipos no viables (URSS, Cuba, China, Corea del Norte, El Salvador) con dos elementos comunes: la represión y la violencia.
En su nueva película, Peck centra su interés en una de las figuras más sobresalientes del magma político-filosófico-literaria que fue la ideología marxista: George Orwell (1903-1950). Orwell: 2+2=5 (2025) propone una minuciosa e incendiaria recopilación de fragmentos biográficos y de sus escritos, los cuales revelan su increíble vigencia en la geopolítica actual. Orwell se equivocó en muchas cosas, pero está claro que supo aislar los métodos que emplean los totalitarismos, los de entonces y los de ahora. Nada ha cambiado en el ejercicio violento del poder. El hilo rojo de su análisis crítico une el iliberalismo de Trump, el imperialismo feudal de Putin en la guerra de Ucrania, el indiscutible holocausto israelí en Gaza, Cisjordania y Líbano, la patulea de mamelucos fascistoides que llegan al poder gracias a los votos de ingenuos y tontos útiles... Su descripción literaria del totalitarismo distópico no se sostiene, pero los detalles en el ejercicio de la violencia y el engaño contra las masas y los individuos es pasmosamente actual: su novela 1984 (1948), alumbró conceptos y eslóganes que hoy forman parte de la ciencia política, no por su verdad teórica, sino por su presencia constante en toda clase de regímenes autócratas y antidemocráticos. Lo único que Orwell no pudo saber es que los tiempos en que todo eso se haría realidad no estaban tan lejos.
Si hay algo que nos enseñan la película de Peck y la biografía de Orwell es que, al igual que sucede hoy con el capitalismo tecnológico, el complejo industrial-imperialista del primer tercio del siglo XX lo llena todo; es imposible escapar, oponerse o reformarlo. El propio Orwell (como tantos de nosotros) creyó durante un tiempo que era posible progresar socialmente emigrando a las colonias, experimentar un sucedáneo de la vida privilegiada que disfrutaban la aristocracia y la alta burguesía. Pero el precio a pagar (eso lo comprendió más adelante) era la obediencia ciega, la aplicación de los castigos sin compasión, no cuestionar ninguna orden. Su trabajo como policía colonial en Birmania entre 1922 y 1927 le vacunaron para siempre contra todas esas mentiras. A partir de esa experiencia devastadora y transformadora, se dedicó a exponer a la luz los principios que sostienen la ideología capitalista y el imperialismo, los mismos que el poder y el capital tratan de mantener ocultos a toda costa: salvaguardar los procesos que dirigen el dinero a sus bolsillos, mantener una estricta división de clases y sofocar cualquier oposición a este estado de cosas. Es curioso que los conceptos de hace un siglo sigan siendo válidos para describir hoy nuestro sistema social a pesar de los cambios y mejoras que hemos creído introducir: doblepensamiento, crimen de pensamiento, la guerra es la paz... No hemos sido capaces de sacudirnos la avaricia ni el odio hacia el extraño. Otro siglo desperdiciado.
Orwell: 2+2=5 es un filme contundente, incómodo y sin pelos en la lengua que reivindica la obra de un pensador infravalorado durante demasiado tiempo. Y el principal mérito de Peck es haber sabido seleccionar y conectar las profecías del autor con la distopía orwelliana que nos hemos empeñado en recrear.
En pleno apogeo de este ciclo devastador, no es extraño que, a mediados del siglo XIX, la parte más utópica del pensamiento de un exiguo filósofo alemán se convirtiera en una praxis política que se expandió como la pólvora en la lucha contra la pobreza, la explotación laboral y la desigualdad provocadas por la Revolución Industrial. El marxismo --con todas sus variantes mayoritarias, radicales, quiméricas, incluso las que no pasaron de meras formulaciones escritas sin conexión alguna con la realidad-- se convirtió, entre 1870 y 1989-- en el movimiento político más poderoso frente a un capitalismo sin control. La clave de su éxito no estuvo en su crítica razonada y robusta de un sistema económico que se autoinduce sus propios colapsos, sino en una promesa nunca formulada en detalle: la instauración de una sociedad radicalmente igualitaria hecha con los mismos materiales del capitalismo, desmontados y remontados de manera que no supusieran un peligro para sí mismo y para los trabajadores. Nunca la vimos funcionar a pleno rendimiento, tan sólo hemos sido testigos de algunos prototipos no viables (URSS, Cuba, China, Corea del Norte, El Salvador) con dos elementos comunes: la represión y la violencia.
En su nueva película, Peck centra su interés en una de las figuras más sobresalientes del magma político-filosófico-literaria que fue la ideología marxista: George Orwell (1903-1950). Orwell: 2+2=5 (2025) propone una minuciosa e incendiaria recopilación de fragmentos biográficos y de sus escritos, los cuales revelan su increíble vigencia en la geopolítica actual. Orwell se equivocó en muchas cosas, pero está claro que supo aislar los métodos que emplean los totalitarismos, los de entonces y los de ahora. Nada ha cambiado en el ejercicio violento del poder. El hilo rojo de su análisis crítico une el iliberalismo de Trump, el imperialismo feudal de Putin en la guerra de Ucrania, el indiscutible holocausto israelí en Gaza, Cisjordania y Líbano, la patulea de mamelucos fascistoides que llegan al poder gracias a los votos de ingenuos y tontos útiles... Su descripción literaria del totalitarismo distópico no se sostiene, pero los detalles en el ejercicio de la violencia y el engaño contra las masas y los individuos es pasmosamente actual: su novela 1984 (1948), alumbró conceptos y eslóganes que hoy forman parte de la ciencia política, no por su verdad teórica, sino por su presencia constante en toda clase de regímenes autócratas y antidemocráticos. Lo único que Orwell no pudo saber es que los tiempos en que todo eso se haría realidad no estaban tan lejos.
Si hay algo que nos enseñan la película de Peck y la biografía de Orwell es que, al igual que sucede hoy con el capitalismo tecnológico, el complejo industrial-imperialista del primer tercio del siglo XX lo llena todo; es imposible escapar, oponerse o reformarlo. El propio Orwell (como tantos de nosotros) creyó durante un tiempo que era posible progresar socialmente emigrando a las colonias, experimentar un sucedáneo de la vida privilegiada que disfrutaban la aristocracia y la alta burguesía. Pero el precio a pagar (eso lo comprendió más adelante) era la obediencia ciega, la aplicación de los castigos sin compasión, no cuestionar ninguna orden. Su trabajo como policía colonial en Birmania entre 1922 y 1927 le vacunaron para siempre contra todas esas mentiras. A partir de esa experiencia devastadora y transformadora, se dedicó a exponer a la luz los principios que sostienen la ideología capitalista y el imperialismo, los mismos que el poder y el capital tratan de mantener ocultos a toda costa: salvaguardar los procesos que dirigen el dinero a sus bolsillos, mantener una estricta división de clases y sofocar cualquier oposición a este estado de cosas. Es curioso que los conceptos de hace un siglo sigan siendo válidos para describir hoy nuestro sistema social a pesar de los cambios y mejoras que hemos creído introducir: doblepensamiento, crimen de pensamiento, la guerra es la paz... No hemos sido capaces de sacudirnos la avaricia ni el odio hacia el extraño. Otro siglo desperdiciado.
Orwell: 2+2=5 es un filme contundente, incómodo y sin pelos en la lengua que reivindica la obra de un pensador infravalorado durante demasiado tiempo. Y el principal mérito de Peck es haber sabido seleccionar y conectar las profecías del autor con la distopía orwelliana que nos hemos empeñado en recrear.

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