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miércoles, 10 de octubre de 2007

Vivir la pesadilla de George Orwell (La vida de los otros)

Ahora que me ha dado por reunir películas en ciclos, debo decir que con La vida de los otros (2006) se podría culminar uno estupendo --desde el punto de vista cinematográfico y educativo-- para ilustrar los totalitarismos (como distopía y praxis política): 1984 (1984) sería la que lo abriría, por ser la adaptación más fiel en lo formal, aunque también la más acartonada, de la novela de George Orwell. Luego pondría Brazil (1985) de Terry Gilliam, para mostrar las virtudes creativas que posee la ironía para suplir determinadas limitaciones visuales y argumentales sin perder ni un gramo de eficacia. Después pasaría El proceso (1962) de Orson Welles, para demostrar cómo la obsesión por las burocracias totalitarias viene de lejos --la novela de Kafka es de 1925-- y las enormes posibilidades de puesta al día que ofrece una imaginativa adaptación al cine. A continuación programaría Good bye Lenin! (2003), que serviría para familiarizar a los asistentes con la importancia que tuvo la caída del Muro de Berlín, y sus consecuencias desde un punto de vista cotidiano (y también sin renunciar al sentido del humor). El punto final del ciclo lo pondría, claro está, La vida de los otros, porque es un compendio perfecto de todos los aciertos parciales de las anteriores, y además posee el mérito de rodearlo de un argumento verosímil y contenido en lo dramático. A mí me parece que quedaría una serie muy equilibrada gracias a su doble enfoque: uno más teórico del totalitarismo como ideología al que se le añadiría un intento de llevarlo a la práctica, concretamente en la antigua República Democrática Alemana (RDA); y otro --igualmente riguroso-- pero mucho más mordaz e irónico, que resaltara exponencialmente sus miserias (ni que decir tiene que Brazil y Good bye Lenin! aportarían todo el capital en este segundo bloque).

La vida de los otros muestra un régimen que gangrenaba la sociedad por momentos, infectando a sus habitantes a medida que sus existencias entraban en contacto. Fue un proceso silencioso y terrible llevado a cabo ante las mismas narices de Occidente y que --como en esas latas de conserva que se pudren y al hincar el abrelatas escapan los gusanos por sus rendijas-- acabó alcanzando el núcleo mismo del poder. La RDA implosionó (igual que los regímenes comunistas en general) como los agujeros negros: hacia adentro, comprimiendo toda su materia hasta condensarla en un punto minúsculo cuya densidad lo hace invisible, pero rodeado de un campo gravitatorio tan poderoso que ni la luz ni la información pueden escapar. En la RDA la Stasi --la policía política-- ejerció una fuerza tan insoportable que atenazó la vida misma del país, hasta que consiguió paralizarlo en una espiral de pánico a la delación, ansia de poder y temor paranoico a la amenaza subversiva, arraigada en lo más profundo de las mentes de sus mediocres dirigentes. Cuando se produjo el colapso, dejó tras de sí un rastro contaminado en forma de pesadilla cuyas secuelas alcanzan por igual a vigilantes y vigilados, víctimas y verdugos. Al que quiera seguir profundizando en el tema yo le recomiendo el texto de Santiago Roncagliolo en El País.

No me parece una casualidad que el argumento se localice en 1984, puesto que la película retrata a la perfección la insoportable dictadura de la información que imaginó Orwell en su novela: desde la austeridad cutre de la vida en la RDA hasta la frialdad surreal de los locales y el funcionariado dedicado a los interrogatorios. Sin olvidar la sombra permanente de la huida a la tierra prometida que representaba Occidente, adonde no trascendía nada de todo esto. Aquí solamente asistíamos boquiabiertos a los triunfos encadenados de sus hormonadísimas atletas femeninas (que merecerían otra película, por cierto). Todo esto lo expresa de forma distante y sin estridencias La vida de los otros; es más, me parece que incluso algunas de sus escenas podrían servir de sustituto mejorado en 1984 o El proceso.

También tengo que decirlo: Good bye Lenin! y La vida de los otros son películas alemanas que repasan su historia reciente, mucho más reciente que nuestra guerra civil, y no por ello renuncian al realismo y a aportar puntos de vista que más de uno podría calificar de subjetivos, y que en realidad son un posicionamiento de reivindicación de justicia, sin tratar de contentar a todos. ¡Qué diferencia con el cine español, acostumbrado a seguir la estrategia del avestruz! Aquí, los primeros títulos que tocaron el tema de la guerra ofrecían (por la lógica de los tiempos de cambio que se vivían) el punto de vista --sistemáticamente negado por razones políticas-- de los vencidos, sin que podamos decir que florecieran muchas obras maestras: Las largas vacaciones del 36 (1976) sería el mejor ejemplo de esta primera época. En los ochenta, aparecieron títulos que retrataban el franquismo desde la parodia, mostrando los sinsentidos y las exageraciones de su ideología por medio de personajes arquetípicos deformados hasta lo ridículo, en eso residía toda su carga crítica. Otros cineastas prefirieron ambientar sus argumentos en sagas familiares dramáticamente atravesadas por el conflicto, poniendo en primer plano el dolor de los enfrentamientos entre parientes, no sé si a modo de coartada o de estrategia para soslayar toda mención al trasfondo político: ahí están Las bicicletas con para el verano (1984), Dragon Rapide (1986); tampoco es que haya mucho a destacar, salvo La vaquilla (1985), donde los cinco minutos finales bastan para poner en su sitio el inmenso despliegue de arquetipos sociales y humor castizo, cuidadosamente recreados en coreografiados planos secuencia con un reparto de lujo.

Y poco más, el resto de filmes sobre el tema anteponen al trasfondo histórico otro elemento narrativo o formal que lo eclipsa: la recreación literaria --La colmena (1982)--, el experimento formal --Madrid (1987)--, la banda sonora --Ay, Carmela (1990)--, la comedia moralizante --Belle epoque (1992), Los años bárbaros (1998)--. Ya en el siglo XXI, la guerra civil y el franquismo se han diluido en la ambientación argumental, en un elemento más de la narración, como en El laberinto del fauno (2006) o en crítica edulcorada y de baja intensidad, como la de la serie de televisión Cuéntame cómo pasó (1998-2007). Excusas, siempre excusas.

Han sido décadas de cine sobre guerra civil y franquismo que no han rozado siquiera el núcleo del problema cuyas secuelas se dejan sentir en plena democracia: el primero y más importante el apoyo colaboracionista que prestaron las clases dirigentes y acomodadas al franquismo, y el segundo el ninguneo del intenso activismo clandestino de carácter obrero, monárquico y nacionalista que tuvo que pactar una transición política en 1975, sin darse tiempo a reconocer y asumir su fracaso como oposición al régimen.

Igual que hoy los políticos con la famosa Ley de la Memoria Histórica, el cine español sigue evitando mirar de frente el tema de la guerra civil y el franquismo. Para hacer todavía más sangrantes las diferencias mencionaré únicamente dos detalles: en 1998, el Bundesrat (Senado alemán) aprobó por unanimidad la ley de derogación de fallos injustos nacionalsocialistas, que anuló las sentencias dictadas entre 1933 y 1945 por los tribunales de la dictadura nazi por razones políticas, militares, de raza, religiosas o ideológicas. Y tan ricamente, su sistema judicial sigue funcionando igual de mal o bien que en el resto de Europa. En cambio, en España, sólo por insinuar que se podría hacer lo mismo en una ley --que evita cuidadosamente emplear la palabra "franquismo"-- los herederos de los colaboracionistas vaticinan aterrados que sobrevendrá sin remedio una anarquía social. El segundo es puramente cinematográfico, extraído de La vida de los otros: tras la caída del muro, Dreyman, uno de los protagonistas, va a los archivos de la Stasi para consultar su propio expediente y conocer de primera mano qué facetas de su vida privada habían sido sometidas a vigilancia. Por supuesto que las cosas no fueron exactamente como las muestra el filme, pero la pancarta que cuelga en la fachada del edificio lo dice todo: "Ciudadanos, sed bienvenidos". Apenas tres años después de la debacle se hacen públicos unos archivos oficiales con información crítica. Una medida ejemplar en lo que respecta a la transparencia política, y valiente por los posibles riesgos que acarreaba.

Y otro detalle: tras comprobar que los informes que le protegieron en su día llevaban todos las mismas iniciales, Dreyman solicita consultar la ficha personal que corresponde a esa persona, y sin más se la facilitan. Todo parece indicar que habrá un encuentro con su vigilante, pero al final la víctima renuncia a conocer los motivos que llevaron a aquel miserable funcionario a ocultar lo que entonces eran delitos contra la seguridad del Estado. Esa escena me pareció el reverso de la que cerraba Soldados de Salamina (2002), aunque con idéntico final: la verdad nunca se sabrá. ¿Qué película española puede exhibir orgullosa tan ejemplarizante actitud respecto a un (inmediato, no lo olvidemos) pasado? Aquí se rompe España cuando se insinúa que se deben devolver papeles y documentación a sus legítimos dueños (instituciones o particulares), o celebrar reconocimientos oficiales a las víctimas y a los represaliados de la República.

La vida de los otros es una muy buena película que se merece todos los premios que ha recibido, y lo es también porque demuestra que el buen cine es capaz de trascender el espectáculo y la simple recreación para aportar puntos de vista sobre el pasado, casi tanto como leer un buen libro de historia contemporánea de Europa. A algunos les viene haciendo falta.
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