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viernes, 16 de noviembre de 2007

Catártica, sincera, bienintencionada, pero también populista (Leones por corderos)

Leones por corderos (2007) me ha hecho pasar la hora y media más corta de mis últimos años en un cine. De entrada, esto es un muy buen síntoma. La película de Redford deja claro desde el principio cuál es su propósito, y lo mantiene vivo hasta el último minuto. También --todo hay que decirlo-- es una película "de las de antes", es decir, rodada con algunos planteamientos --entre la reflexión, el ensayo, la denuncia y la crítica-- propios de una fábula a cuya moraleja final todos los acontecimientos del drama deben plegarse, incluso a costa de que personajes y situaciones parezcan demasiado arquetípicos. Luego está el trío estelar protagonista (Streep, Cruise y el propio Redford), que ejerce sin duda de locomotora que arrastra al público (sobre todo el de mediana edad) a las salas; después el estilo, muy parecido al de una adaptación teatral, rodada en primeros planos y en interiores en su práctica totalidad; y finalmente el montaje, la intersección de tres sucesos simultáneos --al más puro estilo Babel (2006)-- con un denominador común: la intervención estadounidense en Afganistán.



Leones por corderos reflexiona acerca de los gravísimos errores de la política antiterrorista de Bush, que ha provocado un divorcio entre políticos y votantes sin precedentes en su historia reciente. Redford quiere ajustar cuentas con su país sin tener que recurrir al panfleto subjetivo y efectista --al estilo Michael Moore en Fahrenheit 9/11 (2004)--, enfrentando los cuatro actores fundamentales del problema:

1) la actitud interesada y manipuladora de los políticos (republicanos, claro), cuya ambición personal les lleva a tratar de resolver un problema creando otro mayor.

2) el servilismo y el entreguismo de la prensa estadounidense (apoyando sin reservas la entrada en una guerra que a poco que hubieran analizado se mostraba como un enorme fraude), una de las causas de su actual descrédito social. Además, su obsesión por conseguir audiencia a toda costa y aumentar los ingresos por publicidad no contribuye a mejorar la situación.

3) el idealismo bienintencionado pero egoísta de los intelectuales izquierdosos (encarnados en la película y en la vida real por el propio Redford), cuya lúcida denuncia y obediencia crítica no les impide permanecer sentados en sus cómodos sillones sin traducir sus propuestas teóricas en activismo.

4) sacudir la conciencia de una juventud dividida entre el idealismo ingenuo y la ignorancia interesada, a quien Redford dirige sus mayores críticas.

De los cuatro el último es su principal preocupación, y para ello Redford no duda en adoptar un tono paternalista: les achaca su atrincheramiento en el consumismo, como si sus derechos, las condiciones del mercado y los recursos naturales que permiten su bienestar fueran algo garantizado de fábrica. Como padre debo admitir que, aunque la forma de plantearlo en el filme es un tanto anticuada (la conversación entre el estudiante díscolo pero brillante y el profesor veterano preocupado por su futuro), es totalmente cierta en el fondo. El único lunar en el guión quizá sea el homenaje a los combatientes estadounidenses que sacrifican sus vidas por una causa de dudosa justicia, probablemente la concesión más populista en un filme que no quiere dejar ningún aspecto del problema sin tratar.

Robert Redford --siete años sin ponerse tras la cámara-- se ha labrado una sólida fama de cineasta cuidadoso y progresista gracias a una selecta filmografía; una progresía cuanto menos incómoda para sus compatriotas y de la que su prestigio como actor/director le protege ante la crítica; como no lo hace en el caso de, por ejemplo, Woody Allen. Desde Europa esa misma crítica encaja más bien de un centrismo moderado que trata de salvar lo poco que queda del sueño americano después de que unos políticos mediocres hayan acabado con él. La película no escapa a esa norma sagrada --aunque no escrita-- de Hollywood según la cual por muy grave que sea la corrupción, siempre se trata de individuos infiltrados en lo más alto de las instituciones quienes engañan al honesto pueblo norteamericano; el sistema siempre debe quedar a salvo. Aun así, resulta consolador que alguien como Redford asuma un papel de conciencia crítica en un país obsesionado con ofrecer al exterior una imagen monolítica de su misión de guardián de la democracia mundial (que cada cual quite el porcentaje de IVA que considere necesario o directamente se parta de risa).
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