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domingo, 14 de enero de 2007

¡Es la narración, tonto! (Babel)

Considero necesario remontarme hasta 1915 antes de hablar de Babel (2006): ese año el pionero estadounidense David W. Griffith estrenó El nacimiento de una nación, un largometraje en el que cristalizaban todos sus hallazgos técnicos y narrativos aplicados al drama, descubiertos y madurados a lo largo de numerosos cortos y mediometrajes. El éxito fue inmediato, el público demostró estar preparado para asumir un cambio tan importante en la duración de los filmes y en su complejidad argumental. Después Griffith se sintió capaz de ir más allá, y tardó todo un año (cuando su ritmo de trabajo habitual eran seis o siete películas al año) en preparar su siguiente largometraje: Intolerancia (1916). Ese año transcurrido entre El nacimiento de una nación e Intolerancia equivale, sin embargo, en términos de evolución de la narración cinematográfica, a los 59 años que pasan entre Ciudadano Kane (1941), de la que Eric von Stroheim (cineasta de la época muda) dijo no entender nada después de haber visto diez minutos; hasta Memento (2000) de Christopher Nolan, donde el lenguaje cinematográfico topa con uno de sus límites a la significación. Si no todo el mundo pareció deslumbrado como yo por Memento no debe sorprender que la mayoría de espectadores rechazara Intolerancia en 1916. La vuelta de tuerca llegó demasiado pronto: Griffith mezcló cuatro anécdotas pretendidamente aleccionadoras sobre la injusticia a través de la historia (la antigua Babilonia, la muerte de Jesús, dos clanes rivales y París en 1572), acelerando los cambios de una a otra hasta rozar el paroxismo, muy cerca de donde Eisentein recogió el testigo para llevárselo por nuevos derroteros.

El caso es que las películas con historias narrándose simultáneamente no son nuevas; ya sea porque tienen elementos en común de los que surgen respuestas diferentes --Noche en la tierra (1991)-- o porque se mezclan entre sí de forma sutil para acabar revelando conmovedoras paradojas: Vidas cruzadas (1993), Crash (2004). Babel claramente se alinea en esta segunda categoría y durante la primera media hora parece que quiere erigirse en una nueva Intolerancia de corte progresista, reivindicativo y globalizador, ya que los cambios de plano de una historia a otra guardan raccord de movimiento, o establecen creativos contrapuntos de significado. El tema de Babel es la incomunicación, un problema que no es cuestión únicamente de lenguas, sino de lenguajes; pero luego cada una de las anécdotas que lo ilustran (un incidente en Marruecos, una boda en México y una búsqueda desesperada en Japón) cobra interés por sí misma y en la mesa de montaje parece que hace mella el cansancio, y los cambios de una a otra simplemente parecen marcados por el reloj; ya no hay ese deseo creativo del inicio, y eso a mi modo de ver hace perder intensidad a la película.

Babel demuestra que el tándem Iñárritu-Arriaga sigue firme y mantiene el tipo, culminando su trilogía personal sobre existencias inesperadamente cruzadas y vaivenes del tiempo y el espacio en un mundo miniturizado gracias a la globalización. Aunque realmente las historias de Babel no son tan universales como en ciertos momentos uno pudiera creer, sino un poco cogidas por los pelos, meras excusas para determinados excesos interpretativos (Pitt y Blanchett). La ambientada en Japón, a su vez, se recrea en el mismo mundo alienante de Lost in translation (2004), en plan desistimiento ante una tecnología que convierte el mundo en incomprensible y para contrarrestarlo hubiera que aferrarse a lo analógico conocido. Luego todas las historias coinciden en el tiempo, aunque nosotros sólo podemos completar el puzzle al final, como es de recibo; pero lo que parecía un ejercicio de exhuberante manipulación narrativa cede paso sin querer y de puntillas a una sucesión de sutiles paradojas menores que nos llevan a pensar que el mundo puede ser grande físicamente a pesar de Internet y que el catálogo de sentimientos que lo habita es sorprendentemente reducido.
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