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jueves, 7 de julio de 2016

Sigue esperando... (Buscando a Dory)

Normalmente las secuelas de un gran éxito infantil se confían a equipos de creativos y técnicos en consolidación, y se suelen producir orientándolas a una ventana secundaria (televisión, canales de pago...). Por eso me extrañó cuando comprobé que el propio Andrew Stanton ha coestrito y codirigido Buscando a Dory (2016), la continuación de Buscando a Nemo (2003). Para empezar, el título: no se lo han currado lo más mínimo; remite sin originalidad a su predecesora, pero centrada esta vez en uno de su personajes más recordados: Dory, la simpática pez cirujano con una memoria... de pez.

Buscando a Nemo supuso la consagración de Pixar como referencia en animación infantil: tanto la crítica como el público la adoraron de inmediato gracias a innumerables detalles, por su estilo actual y su actitud valiente a la hora de abordar situaciones poco habituales en el cine para los más pequeños (la muerte, la discapacidad, la sobreprotección paterna). Y todo ello sin descuidar la diversión para adultos y menores. El paquete completo, vaya. Pero Pixar, que parecía que con este filme acababa con la hegemonía creativa y económica de Disney, declaraba su intención de no entrar en la estrategia fácil de las secuelas y sin embargo acabó sucumbiendo como la que más. Al principio dejaba de lado las películas intocables --la propia Buscando a Nemo, Los increíbles (2004)-- aunque ambas tienen ya secuelas estrenadas o confirmadas respectivamente, para finalmente desdecirse y anunciar a bombo y platillo que no habrá más secuelas (o las mínimas) para centrarse en películas originales.



Buscando a Dory es una sucesión de imprevistos y contratiempos del trío protagonista, encadenados sin respiro y resueltos de forma divertida y, a veces ingeniosa; posee un desarrollo de guión muy concentrado en el tiempo (apenas unas horas ocupan la mayor parte del filme) y un ritmo muy vivo, para evitar que hasta los más pequeños se desenganchen por el camino. Está claro que la aceleración narrativa es una estrategia ganadora en el cine infantil --previene o aleja el fantasma del aburrimiento-- pero también a veces sirve para enmascarar o disimular el recurso a determinados tópicos (personajes excesivamente planos, recargar el drama o el desamparo de la Dory bebé). Stanton esta vez no estaba en estado de gracia, y aunque se nota su mano en muchos aspectos, la película no logra remontar el vuelo en ningún momento (excepto en el gag final, francamente divertido y original). Y además debo añadir que el personaje de Marlin --el padre de Nemo-- me parece que está desaprovechado como contrapunto humorístico a la alocada protagonista femenina.

¡Qué lejos quedan mis tiempos de rendido admirador de Pixar! Se nota que era padre reciente y estaba mucho más sensibilizado en estos temas que ahora. Eso sí, aquellos títulos de hace una década --incluso de los noventa, cuando la trilogía Toy story (1995, 1999, 2010) reinaba sin rival-- siguen gustándome como el primer día, y no puedo dejar de reconocer mi admiración por ellos. Pero es justo reconocer que el modelo Pixar exhibe síntomas de agotamiento: no es que Buscando a Dory sea una película comercial para niños como otras tantas, pero le falta ese plus que, como en el caso de Buscando a Nemo, o WALL·E. Batallón de limpieza (2008), las adelantaba a su público. El nuevo filme de Stanton se disfruta, no empaña los méritos de su predecesora, pero no entusiasma.





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