sábado, 31 de enero de 2026

Shakespeare on Shakespeare (Hamnet)

Maggie O'Farrell publicó Hamnet en 2020, una inteligente contextualización de la obra de Shakespeare cuyo título evoca tan claramente, escrita alrededor de 1601. Un libro que potencia y encaja con la representación de la sensibilidad ficcionada y narrada que nos gastamos en estos tiempos. Combina con naturalidad algo de historia literaria, se las apaña para insertar sin estridencias algunos aspectos contemporáneos del galanteo en pleno barroco patriarcal; pero sobre todo arma un drama contundente e inapelable que Chloé Zhao, en la versión cinematográfica, ha sabido respetar y condensar mediante una cuidada selección de escenas.

Hamnet (2025) es un filme que trasciende fácilmente lo puramente cinematográfico por factores conscientes e imprevistos: una buena adaptación --el guión lo firman la autora del libro y la propia Zhao--, un estilo natural y directo para enganchar a las audiencias, propicia debates no especializados sobre las lagunas que existen acerca de la esposa de Shakespeare (Anne Hathaway), a la que se empodera como precursora de modelos más actuales...; también la elección de dos actores que aportan sendas grandísimas interpretaciones, con una química que se desparrama en elogios mutuos de intensidad creciente y sonrojante a medida que la película gana premios (oro puro para las redes sociales y para los productores). Todo un cúmulo de factores que podrían convertirla en la triunfadora de los próximos Oscar a pesar de no ser de las más nominadas. Lo que está claro es que se va a convertir en un nuevo clásico popular, calcando el recorrido de Shakespeare enamorado (1998), que logró siete premios y reafirmó una clara predilección del público gracias a la equilibrada combinación de elementos cultos y elitistas con un esquema argumental al servicio del romanticismo cinematográfico: actualización de referentes culturales, humanismo sentimental y --requisito indispensable del medio-- toneladas de glamour.

Podrá gustar o no la intensidad dramática, a veces exagerada; podrá resultar chocante o irreal la expresividad de unos campesinos que hablan con la misma erudición que los personajes de Shakespeare en sus obras, pero los méritos del filme son incuestionables: una historia que se centra y no se sale de lo que quiere comunicar, sin apenas contexto ni personajes secundarios; un universo cerrado en el que la mujer simboliza la conexión con la naturaleza y los sentimientos y el hombre la habilidad para destilar una sensibilidad más bien hermética que convierte en literatura. Un esquema que, además, resulta creíble porque no entra en contradicción con el patriarcalismo propio de la época y a la vez es lo suficientemente moderno como para parecer transformador. La relación entre Anne y William no es un romance explosivo y erotizado, se limita más bien a modales, actitudes, momentos y comportamientos compatibles con un romance actual, con indicadores claros de independencia, respeto mutuo e igualdad. Todo contribuye a la identificación del público y hace más llevadero tanto drama. Todo suma para lograr un estado de sentimientos que culmina con la escena final, planificada, rodada e interpretada para proponer un nuevo significado --íntimo y femenino-- a un texto testosterónicamente clásico. Intensidad, lenguaje performativo, catarsis, superación, aceptación...


Y entonces Hamlet ya no es Hamlet; ya no es una tragedia universalmente famosa por su trama ético-filosófica, ese texto es rebajado --en sintonía con los tiempos actuales-- a la categoría de lamento de un padre por la muerte de su hijo (por cierto, ¿soy el único que nota el parecido del actor que lo interpreta con un jovencito Orson Welles?). Una ficción al alcance de cualquier público, escrita fundamentalmente para la esposa y madre de ese niño, ante quien se despliega toda la representación como muestra de amor --enrevesada y cautivadora-- que exprese sus sentimientos. De manera que Hamlet no pertenece ya a los exégetas y expertos, ha sido expropiado para los no iniciados, esas mayorías que sólo se convencen cuando les conmueven. Y así, esos diálogos eruditos y repletos de conceptos abstractos, convenientemente pulidos por el guión, se transforman en un sentimiento perfectamente reconocible por el contexto de la película, algo íntimo y familiar que devuelve a Shakespeare al pueblo, a ese bardo perspicaz que se inspiró en los sufrimientos y dilemas de las clases populares para armar una obra universal. Y así es como se encandila a las audiencias actuales: a base de calculadas dosis de sentimentalismo.

Pero no, esto no es exactamente así: O'Farrell y Zhao han usado la ficción para hacer lo que todos los creadores hacen siempre: crear más ficción. Adornándola con una nueva trascendencia, asignando a las palabras más conocidas y (re)citadas un nuevo significado, menos refinado, sí, pero más sinceras, familiares, tiernas. Y funciona, vaya que si funciona, porque es una de las premisas que inspiran el fenómeno fan fiction: rellenar los huecos que dejan sus obras favoritas, añadir una experiencia personal sobrevenida y fuertemente interiorizada; o simplemente hacer realidad lo que la historia original no conoce, completa o menciona (personajes que acaban juntos, motivaciones inéditas, documentar sucesos anteriores, continuar la historia más allá del final oficial...).

Por esto y por otras muchas cosas, Hamnet es una película inteligente y sensible que conecta con las aspiraciones sentimentales, estéticas y románticas de buena parte de la audiencias, precisamente la clase de cine que siempre aspira a producir Hollywood, porque garantiza éxito y un taquillazo. Ese cine que idealiza un pasado que, como poco, desconocemos, pero del que nos empeñamos en detectar principios de progreso y/o sensibilidad. Nos hemos persuadido de que así es como contribuimos a legitimarlo (aunque sea parcialmente) y a darle sentido en nuestro presente.

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