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viernes, 13 de abril de 2007

Interludio humorístico-experimental (El jefe de todo esto)

Corto (16/03/2007): Adiós a Washington

Von Trier sigue la estela de Godard en un aspecto que, como al francés y también a Brian de Palma, le distingue de la inmensa mayoría de cineastas: necesita mostrar con la cámara, pero a la vez necesita mostrarse mostrando con la cámara. Sólo así me explico ese plano inicial con la cámara ascendiendo frente a una fachada acristalada (el edificio de oficinas donde transcurrirá la acción) en la que se reflejan la cámara y el operador. En este sentido, El jefe de todo esto (2007) es una película tan autoconsciente como su director. Con igual autoconsciencia, el narrador/cineasta se decide a interrumpir la historia en dos momentos de forma deliberada y manipuladora: para introducir un elemento de complicación y para dar por clausurada la película.

Desde mi punto de vista, El jefe de todo esto no arranca ni engancha hasta el instante inmediatamente previo a la aparición de esa inesperada complicación argumental. Aun así, he de admitir que el enredo (un empresario que contrata a un actor en paro para que simule ser el director general --inexistente hasta entonces-- que supuestamente ha tomado todas las decisiones impopulares entre el personal) se presenta atractivo desde el primer minuto; aunque durante ese primer tercio de película es como si la narración no se decidiera a entrar en faena, ni los protagonistas acabaran de definirse... La cosa es que no reconocí al mejor von Trier hasta que ese arranque no se consolidó. A partir de ese punto se despliega la historia en todos sus matices hilarantes, histriónicos, surrealistas y, como el mismo autor reconoce, políticos; porque en una película ambientada en el mundo de la empresa es inevitable que se cuelen determinados juicios de lo más candente.

El jefe de todo esto demuestra que, a pesar de ser una historia con un tono y un humor muy local (el danés), es capaz de ascender hasta situaciones universalmente reconocibles; y a esa facilidad contribuye muy especialmente la capacidad de von Trier para dotar de tensión dramática determinadas escenas clave. Una tensión que me recordaba mucho a Dogville y a Manderlay, y que crece a medida que se acerca el final de la historia; para estallar por fin de la mejor manera que se puede terminar una comedia surreal como esta.

¿Y el Automavisión? Pues la verdad es que no se deja notar mucho. El desencuadre informáticamente conseguido, la iluminación imperfecta y los continuos saltos de montaje dan la impresión de estar viendo un copión previo, un borrador en fase de pulido... Es el consabido reto formal que, de forma artificial, se impone von Trier para rodar sus películas, también puede que sea la base de esa tensión dramática que comentaba, o simple virtuosismo pedante... En esto el danés sigue la estela de Truffaut: cada película debe expresar una idea del mundo y una idea del cine, un apotegma que hasta hace pocos años a mí también me resultaba crucial.

Después de ver El jefe de todo esto le perdono que haya retrasado (sólo retrasado) el rodaje de Washington, porque ha valido la pena dar este curioso rodeo humorístico-experimental.
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