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domingo, 2 de diciembre de 2007

Princesas 2.0: esas pequeñas esquizofrenias pedagógicas de nuestra cultura popular (Encantada)

El pack clásico de princesas Disney está compuesto por Blancanieves (1937), Cenicienta (1950), La bella durmiente (1959) y La bella y la bestia (1991). En ocasiones el merchandising amplía el grupo con Ariel --La sirenita (1989)-- y Jasmine --Aladdin (1992)--, ofreciendo una versión más étnica y políticamente correcta; cuestión de gustos y de contextos. El caso es que el mito de la princesa que conoce al príncipe y se enamora para toda la vida es el que predomina hoy por hoy en el imaginario de las niñas occidentalizadas de entre cuatro y nueve años (a mucho estirar). Lo que sucede --y de esto hasta la misma Disney es consciente-- es que se trata de cuentos pasados de moda, desconectados del mundo, anclados en una ideología patriarcal y muchas otras cosas cutres y ñoñas. Así que los de Disney se han puesto manos a la obra para poner al día el producto sin romper radicalmente con el pasado (al fin y al cabo las princesas son un poderosísimo gancho en sus parques temáticos), ampliar la nómina de las princesas (la última, Bella, es de hace 15 años), y de paso dar un zarpazo a toda esa competencia de modernas heroínas que amenazan su hegemonía, aunque todas sean de la misma Disney: Raven (2003), W.I.T.C.H. (2005), Hannah Montana (2006) o los recientes modelos adolescentes universalizados por la saga High School Musical (2006, 2007). Si hay algo que admiro de Disney es su capacidad para adaptarse a los tiempos y llegar simultáneamente a todo tipo de público infantil: a cada edad su mito calculadamente transgresor.



El de la princesa, por tanto, es el primero que aterriza en las mentes de nuestras niñas y demuestra una eficacia arrolladora. Otra cosa es que ese mito forme parte de una pedagogía extraterrestre sin ninguna conexión con la realidad; pero es inevitable plegarse a él cuando se tienen niñas. Primero porque el merchandising es omnipresente y socializador, y segundo porque --reconozcámoslo, papás sobre todo-- es compatible con nuestra idea tradicional de que las mujeres deben ser recatadas y esperar al hombre adecuado. Encantada (2007) es una película que acepta este reto y se lanza a establecer una conexión entre mito y realidad: Giselle,"la quinta princesa", aterriza --hay que fijarse bien: cae encima, no debajo, de la tapa de alcantarilla que la conecta con el mundo real-- en el Nueva York actual desde su mundo dibujado, acaramelado e idílico, empujada por una malvada bruja que la quiere expulsar de su cuento. En la ciudad aprende que no es suficiente con conocer al príncipe, que hay que "tener citas" y "salir" con él varias veces para conocerse mejor. Es cierto: para las mujeres, creer todavía en los príncipes azules, que aparecerán de pronto para rescatarlas de sus adocenadas vidas, es una utopía absurda; pero --y eso es lo que viene a defender la película-- sigue siendo la energía que alimenta su subconsciente sentimental. Y si no que se lo digan a Nancy (la novia de Robert hasta que aparece Giselle), que reacciona como lo hace cuando recibe unas flores en forma de corazón, creyendo que las ha mandado enviar su estirado novio. La praxis princesil que propone Encantada permitirá a Disney extender el mito (y el negocio) de la princesa quizá hasta los doce o trece años.

Las películas Disney de acción real se han caracterizado tradicionalmente por su reparto de desconocidos no demasiado buenos actores y por estar basadas en guiones flojitos, flojitos. Encantada no es en absoluto una excepción a esta norma, menos por la interpretación posmoderna y refrescante de Susan Sarandon (quién le iba a decir que encarnaría lo que sin duda será un clásico de la cabalgata Disney la noche de Halloween). Aun así el filme contiene algunos aciertos parciales de indudable valor (los enumero por estricto orden de preferencia): los fractales créditos finales, la divertida confección de los vestidos de Giselle, la banda sonora de Alan Menken --toda una garantía, responsable también de La sirenita, Aladdin, La bella y la bestia, Pocahontas (1995), El jorobado de Notre Dame (1996) y Hercules (1997)--, la súplica de Robert (Patrick Dempsey) a Giselle (Amy Adams) rogándole que no cante para exteriorizar sus sentimientos, la impagable serie de guiños a otros tantos clásicos animados Disney, incluyendo al príncipe protagonista abatiendo un ogro que por supuesto recuerda a Shrek (2001, 2004, 2007) y a la princesa salvando al príncipe en el último minuto. Disney alcanza en este final el grado máximo de posmodernidad que se puede permitir sin socavar las bases mismas de su negocio: los papeles puede que se hayan intercambiado, pero el rescate "debe" existir.



Aunque yo por un momento creí que la película iba a consistir en un catálogo de los clásicos personajes animados encarnados por actores reales, estableciendo un contrapunto divertido o irónico entre lo que fueron como dibujos y lo que son como humanos; pero el gag del gruñón es una lágrima en la lluvia. Aun así, hay cosas que nunca podrá ser Encantada: a pesar de bordear caminos peligrosos, ciertamente interesantes, se trata de territorios prohibidos por axioma. Cuando Giselle acaricia el pecho de su salvador siente un acaloramiento que sin duda es fruto de algo que está sistemáticamente elidido en todos los clásicos Disney, y sin embargo ese calor está ahí... Aún falta un cuarto de siglo para que se pueda rodar un filme Disney protagonizado por una princesa que acaba de terminar de leer --pongamos por caso-- El segundo sexo (1949) de Simone de Beauvoir. Y más de un siglo para que se estrene "Princesonas", la última vuelta de tuerca al tema desde el punto de vista de la teoría queer, puesta al día por Judith Butler en El género en disputa (1990). Y me quedo corto, puesto que hay mucho terreno para avanzar, pero paro porque se me empieza a ir la olla...
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