domingo, 18 de enero de 2026

Catarsis que apenas podríamos utilizar como transformaciones (La chica zurda)

Da igual cómo esté organizada la producción, la supervivencia y/o la procreación, la situación de la mujer es la misma en los países pobres y en los ultrapobres; en las dictaduras y en las democracias más o menos consolidadas; en los lugares donde el capitalismo ha calado hasta en el más mínimo aspecto de la vida. Gracias a él, la sociedad parece una neoplasia de relaciones humanas en lugar de una comunidad. La evolución de nuestra especie ha convertido Este Planeta (E mayúscula, P mayúscula) en un lugar difícilmente habitable para la mitad de su población. Y Sean Baker --The Florida Project (2017), Red Rocket (2021), Anora (2024)-- ha hecho de esta anomalía una inspiración para sus películas. De momento ahí sigue, escarbando en los vertederos del capitalismo desbocado, con un guión coescrito con Shih-Ching Tsou, una neoyorquina de origen taiwanés que debuta en la dirección en solitario con La chica zurda (2025).

Una historia que se desparrama sin dirección ni intención conocida ante el espectador, revelando en cada escena las mutaciones letales que provocan la precariedad de la supervivencia y el lastre de unas tradiciones hoy convertidas en vestigios prejuiciosos de un pasado extinto. Shu-Fen es la madre de dos hijas (I-Ann e I-Jing) que, además de los equilibrios diarios que debe hacer para sobrevivir en Taiwán, carga voluntariamente con la deuda que deja su exmarido moribundo, para indignación e incomprensión de toda su familia. Pero no solo eso: la hija mayor encadena empleos en los que mezcla sin control la indisciplina con favores sexuales a su jefe; y la pequeña es víctima de las absurdas convicciones (totalmente abandonadas pero aún vigentes en el trastero mental de muchas personas) de su abuelo materno. Todo narrado sin momentos definitorios, sin el énfasis que requieren ciertas situaciones para ser percibidas como críticas; es el simple paso de los días, la acumulación de decepciones y trapicheos, lo que suscita esa impresión de un mundo donde la organización de la producción ya no es capaz de generar --además de los beneficios, que se dan por supuestos-- la supervivencia de las personas.


La chica zurda recrea con contundencia el mundo del que logró escapar su directora, un filme que, más que un testimonio, ejerce de catarsis para su creadora. Otros, como Baker, quizá se apuntan para aportar un punto de cohesión crítica y ampliar su proyecto creativo. Y aunque la impresión global no es desfavorable, la historia más bien parece el esbozo de algo que, de momento, puede servir a algunos para ajustar cuentas con el pasado, pero no como denuncia consciente, sarcasmo nihilista o crónica absurda de un mundo sin sentido ni objetivo.

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