sábado, 7 de marzo de 2026

Tratado sobre la resistencia y la desmemoria voluntaria (El agente secreto)

Cuando aún no se han apagado los rescoldos de Aún estoy aquí (2024) del veterano Walter Salles, el cine brasileño vuelve a a la carga con un nuevo filme ambientado en uno de los períodos más tristes y convulsos de su historia; aunque esta vez --sin duda por la pertenencia de su director, Kleber Mendonça, a una generación más joven-- la crónica tiene más de recuerdo y de recreación que de crítica y de reivindicación. Salles le habla a la misma generación que le tocó combatir y superar el dolor que aquellos tiempos, mientras que Mendonça lo hace a la juventud brasileña, que seguramente considera aquellos sucesos como algo superado, alejado en el tiempo y, sobre todo, ajeno a su realidad actual (más o menos como a los jóvenes españoles les suena todo lo que tiene que ver con la dictadura franquista). Una diferencia que también se nota en el punto de vista, el formato y los recursos escogidos para contar la historia. Hay un salto narrativo y artístico en la manera tan diferente de abordar el tema de la violencia y la represión políticas: la injusticia, el sufrimiento, la explicación de los motivos ideológicos o la recreación hechos históricos no ocupan el primer plano, sino el día a día de la supervivencia, los momentos duros y los ridículos, la solidaridad... Los elementos políticos, los hitos de la lucha, las motivaciones individuales, quedan completamente fuera de plano, apenas mencionado al vuelo en algún diálogo. Sin duda El agente secreto (2025) es la película de alguien que escuchó a sus mayores hablar sobre unos tiempos que nunca acabaron de ser enseñados ni contados en su totalidad (su director tenía nueve años en la época en la que transcurre el filme). El caldo de cultivo ideal para mitificar, distorsionar y, por supuesto, ficcionar.

El agente secreto incorpora una visión conscientemente no del todo lúcida a los sucesos que recrea, empezando por la leyenda urbana de la pierna peluda que atacaba a noctámbulos, prostitutas y gais por la zona de Recife. Una noticia tan falsa como chusca e hilarante que se convirtió en una metonimia real de la represión: para la gente, hablar de la pierna peluda era un rodeo que permitía mencionar (al menos eso) a los colectivos perseguidos por el régimen de Ernesto Geisel. Con la excusa de echar más leña al fuego en una historia que nadie tomaba en serio, se colaban en el texto palabras prohibidas como gay o prostituta; y eso era suficiente para que todo el mundo recordara que había una persecución contra ellos. Todo el mundo sabía sin necesidad de explicitarlo, qué significaba la pierna peluda. Mendonça lo incluye en su película de una forma muy cinematográfica, manteniendo el tono surreal y humorístico, como una subtrama de serie B que sirve de contrapunto a la trama principal. Los jóvenes se divierten y conectan enseguida con el tono paródico tan de los tiempos, mientras que los más veteranos valoran la forma tan original de incluirla sin sacrificar su verdadera significación política.


Con una escena inicial que encandila, engancha y marca el tono de la narración: no necesita enfatizar dramáticamente los diálogos o los momentos clave (que es como se hace ahora, rozando la obviedad), basta con unas interpretaciones contenidas que expresan lo suficiente, con verismo y sin paternalismo maniqueo. El desarrollo posterior no se sale de este esquema, aunque sea a costa de sacrificar perspectiva o información mínimamente necesaria para que las audiencias no se pierdan y/o desentiendan. La inmersión en la vida de Armando/Marcelo se hace sin rótulos introductorios ni una narración en off que haga el comentario de las escenas a la vez que las explica (otro de los recursos característicos del estilo cinematográfico de estos tiempos, junto con la parodia). A medida que transcurren los minutos, comprendemos de qué va todo, pero es parte del atractivo del filme: no todo se tiene que dar mascado ni en el contexto que establece la historia. Y finalmente el epílogo en la época actual, que se abre paso muy lentamente en medio de la trama principal, sin desvelar su propósito, hasta que ocupa el primer plano en los últimos minutos y propone un balance de los sucesos narrados desde un presente desmemoriado por conveniencia, casi por un convencimiento íntimo de que nos va en ello la supervivencia, una especie de desacuerdo íntimo y nunca verbalizado de que no compartimos algunas decisiones y actitudes de nuestros antepasados. Mendonça no aprovecha esa casi obligación de revelación, recapitulación y/o confesión final para proponer una explicación, ni siquiera un posicionamiento. Que cada cual extraiga la suya.

El agente secreto despista por su título y por un guión que se ciñe a ciertas convenciones del thriller, concretamente tres: violencia contenida, saltos en el tiempo y suspense. El resto consiste en una crónica contada con mucho aplomo y una notable aceleración expositiva --excesiva a veces--, sin permitir que la crudeza se transforme en sentimentalismo a granel. Un filme que profundiza en esta edad de plata del cine político, hecho a partes iguales de reinterpretación del pasado y de reconstrucción estética.

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