Es casi una ley no escrita de la historia de las artes narrativas: cada dos generaciones aparecen discípulos mejorados de grandes artistas, consagrados o no, con fama de pedantes o difíciles. Son creadores que readaptan un estilo que la generación inmediatamente posterior ignoró, despreció, malinterpretó y/o parodió por representar lo antiguo (fueron los imitadores coetáneos: François Truffaut, Martin Scorsese, Woody Allen, Michael Haneke, Carlos Saura, Lars von Trier, Wong Kar-wai...). La que vino después, en cambio, ha crecido libre de las influencias de una determinada forma de mirar el mundo y convertirlo en cine, redescubre con fascinación un estilo que a sus predecesores les pareció raro, exagerado, demasiado pegado a lo religioso y deliberadamente críptico en la simbología dramatizadora. Los últimos equis y los mileniales adoptan sin complejos un modo de narrar que pone en primer plano lo vital en lugar de los dilemas sobre la fe de los dramas bergmanianos. Este nuevo estilo ha eliminado los tics que no encajan con los temas estrella del presente; y de paso aportan nuevos e interesantes matices, relacionados con la identidad (personal y de género), la superación de traumas o los obstáculos en las relaciones amorosas y sexuales. Los nietos de Bergman abordan sus historias sin esa afectación tan alejada de la realidad cotidiana. Lo que sí mantienen casi intacto son los personajes y los ambientes adinerados y/o culturetas y un modo de interpretación hecho, sobre todo, de intensidad y deseo de quebrar límites (formales, ideológicos, sentimentales). Eso sí, sigue habiendo cineastas que se reivindican como herederos del maestro sueco y hacen de la rareza su seña de identidad: son los Paolo Sorrentino, Céline Sciamma, Alice Rohrwacher, Giórgos Lanthimos, Elena Martín... Los nietos de Bergman, en cambio, han priorizado eliminar todo lo pedante o exagerado y ofrecen unos dramas que, aunque siguen protagonizados por ricos acomodados, parece que aspiran a una existencia auténtica, como la de la (desaparecida) clase media. Estoy hablando de cineastas como Mia Hansen-Løve --Bergman island (2021), Una bonita mañana (2022)-- y, cómo no, de Joachim Trier.
Todo esto viene a cuento del deslumbramiento que está provocando entre crítica y audiencias Valor sentimental (2025), igual que sucedió con La peor persona del mundo (2021), del mismo Trier y con la misma actriz protagonista. Y no es que estemos ante un nuevo caso de cine sobrevalorado, al contrario, se trata de un filme bien centrado en su objetivo, que despliega sus escenas sin excursos, recreaciones, provocaciones ni cambios bruscos. Valor sentimental es un filme valiente, directo y sensible que ahonda en uno de nuestros temas favoritos: la apología del bienestar familiar, con su inabarcable catálogo de conflictos y atrofias, capaz de proporcionar grandes oportunidades a la ficción (sentimentaliode o no). Un guión en el que resuenan con fuerza los ecos de un ilustre precedente: Sonata de otoño (1978), del mismísimo Bergman, con la interpretación (en lugar de la música) como motivo de fricción y el conflicto padre hija como zona cero del drama.
Nada que objetar al desarrollo dramático o a la complejidad verosímil de los personajes, ni siquiera a la elección final para cerrar la película, con esa casi obligada carga simbólico-paradójica que tanto encandila a los aficionados. Desde mi punto de vista, Valor sentimental desmenuza un mundo y unas relaciones tóxicas en los que la ficción ya lo ha dicho casi todo; así que Trier ha optado por rizar el rizo y concluir que, precisamente a pesar de todo el dolor, las decepciones y los fracasos, en esta clase de enfrentamientos, la solución es meter más ficción, la única capaz de curarlo todo y, si no lo hace, al menos genera un campo de protección o recubre todo lo penoso con una capa de dignidad que hasta podría servir como legado. En corto y claro: si lo nuestro no funciona, no lo hagas por mí, al menos hazlo por la ficción (aka: si no te quedas por mí, quédate al menos por los museos...). Qué más da si con ello desvirtúas toda la coherencia dramática con la que has construido la película. La ficción, ay la ficción...
