jueves, mayo 22, 2008

Vida, orden, tristeza, soledad (Mil años de oración)

La narración cinematográfica tiene una rara facilidad para desembocar en la soledad y la tristeza cuando decide ocuparse de lo cotidiano. Wayne Wang, el director de Mil años de oración (2007), debutó para el gran público con El club de la buena estrella (1993), para después descolgarse con Smoke (1995) --escrita por Paul Auster-- y su curiosa e inmediata secuela provocada no por el rendimiento en taquilla de la primera, sino para prolongar el buen rollito que se estableció durante su rodaje: Blue in the face (1995). Lo último que le recordaba era La caja china (1997), escrita por Jean-Claude Carrière (conocido por el tándem artístico que formó con Buñuel) e interpretada por el siempre buscador de retos Jeremy Irons. En Mil años de oración presenta un modelo perfecto de lo que cualquiera un poco espabilado definiría como "cine intimista", construido alrededor de dos únicos personajes --un padre y una hija que se reencuentran después de doce años (él vive en China, ella en EE UU y está divorciada)-- abocados a sumergirse (a su pesar) el uno en la vida del otro.



Probablemente Wang haya elegido contar esta historia porque está en esa edad (59) en la que el pasado ocupa más que el futuro y ha querido recrearse en una película que deje constancia del mundo chino-comunista del que huyeron sus abuelos, tal y como muy probablemente él mismo lo conoció: desde la distancia física y mental de la emigración a Hong Kong y luego a EE UU. Padre e hija en este caso no sólo representan las clásicas diferencias entre generaciones sino los radicalmente opuestos puntos de vista acerca de la vida y el amor también, todo ello narrado a través del lento pasar de los días del anciano padre en la ordenada y pulcra casa de su hija, sus paseos por el parque y las tristes cenas con su hija. Una sucesión de escenas (especialmente las cenas) que van ensanchando las grietas por donde finalmente se derrama toda la tristeza del filme.

Mil años de oración fluye con parsimonia --que no lentitud--, retratando el paso de unos días anodinos, en parte debido a los problemas con el idioma del anciano y en parte porque los personajes con los que se cruza no producen nada más allá de los encuentros entre desconocidos que no encuentran ningún asidero para comunicarse. El enfrentamiento entre padre e hija --una escena muy contenida que aun así recuerda un poco a Tennessee Williams-- en el último tercio de película desvela al público las razones de ambos para ocultar lo que ocultaban en los dos primeros. Después de la catarsis la trama se disuelve por el simple transcurso del tiempo, dejando el conflicto apenas planteado, sin indicios que auguren una resolución, un acercamiento o un cambio de actitudes, de forma muy parecida a como de hecho sucede en la vida real. Quizá sea esa su mejor virtud: no pretende levantar una historia que deba convertirse en un itinerario moral (algo casi obligatorio en el cine estadounidense), sino un pedazo de existencia humana captado con tanto cuidado como indiferencia.

domingo, mayo 11, 2008

Cuando ni los sueños están a la altura (Héroe por accidente)

Héroe por accidente de Stephen Frears es una de esas películas que –de tanto en tanto-- produce el cine estadounidense para poner de vuelta y media el circo mediático que todos sabemos se esconde tras las cámaras de la televisión, pero que aun así no deja de fascinarnos. En los años cuarenta del siglo XX el objetivo fueron los grandes rotativos nacionales --sensacionalistas por definición-- aunque desde los setenta la televisión es el entorno preferido para ambientar este tipo de filmes. La idea-fuerza de todos ellos –de hecho la misma que ya posee de antemano el público-- es que los medios de comunicación están podridos y hace tiempo que han vendido su alma al diablo a cambio de una exclusiva. La verdad ya no interesa, es solamente la excusa para escarbar en las vidas y asuntos ajenos; lo que se persigue desesperadamente es el impacto sentimental, conmover a la audiencia, porque es lo único que nos acaba clavando frente a las pantallas. Esto lo descubrieron los mismos estadounidenses, a pesar de lo cual no han hecho nada para impedir que esa doble moral se convierta en su práctica asumida e incontestada: la mentira y el sensacionalismo presentados como si se trataran de información y búsqueda incansable de la verdad. Buena parte del desprestigio actual de la prensa proviene de que este discurso, a estas alturas, casi nadie se lo traga.

Pero Héroe por accidente me parece algo más que un simple repaso a la peor forma de hacer televisión, es la mejor mezcla del bien y del mal encarnada en un personaje antológico: Bernard Laplante, interpretado magistralmente por Dustin Hoffman. Bernard es un tirado, un pringado que no tiene donde caerse muerto después de que su ex-mujer le haya embargado el sueldo por no pagar la manutención de su hijo Joey de nueve o diez años. Ni siquiera sabe la edad que tiene, porque lo único que le interesa a este hombre es conseguir dinero, de cualquier manera y por cualquier medio, y eso implica traficar, robar o vender a su abuela por dos huevos duros; siempre delitos de poca monta, lo justo para que no le veamos como un delincuente ni un aprovechado, sino como un desesperado. Además, Bernard posee la lucidez pesimista de todos los desheredados, sabe que lo único que mueve el mundo es la ambición, que la gente miente constantemente por propia conveniencia. Pero a la vez –y esto es lo que le convierte en un ser humano y por tanto contradictorio-- es un miserable al que no le importa engañar a sus amigos y seres cercanos si puede conseguir un beneficio. Su filosofía de la vida destila un odio y un resentimiento permanentes hacia todo aquello que no posee, y que resultaría desagradable si no fuera porque Hoffman le da al personaje un toque humorístico que lo hace entrañable.

Una noche Bernard, casi a regañadientes, salva a los pasajeros de un avión que se estrella justo ante sus narices. Bernard rezonga y se queja durante todo el salvamento, a pesar de que, intentando sacar del aparato en llamas al padre de un niño que se lo pide desesperadamente (de la misma edad que el suyo, razón por la que muy probablemente accede a jugarse la vida), rescata también a un señor calvo que se llama Smith y a una famosa y agresiva reportera llamada Gale Gayley (Geena Davis) que viene de recoger un premio en Nueva York. Después, cuando los bomberos y la policía se hacen cargo de la situación y finalmente el avión estalla sin que haya víctimas, nadie se ocupa de un tipo como Bernard, con pinta de indigente y que busca entre el barro el zapato que ha perdido.

Y ya está liada: Gale –parte de la noticia y reportera a la vez-- se obsesiona con ese misterioso personaje que prefirió el anonimato a la fama, y como el público responde con su interés al tratamiento de semejante enigma informativo la propia cadena trata de hacer salir del anonimato al héroe ofreciéndole un millón de dólares a cambio de una entrevista (en exclusiva, por supuesto). La única pega es que quien se presenta es John Bubber (Andy García), un amigo ocasional a quien Bernard contó todo lo sucedido porque le recogió en la carretera y que casualmente se quedó con su zapato, lo cual constituye para los pediodistas la prueba definitiva de su identidad.

Los medios de comunicación necesitan fabricar héroes, gentes a las que poder presentar ante su audiencia como seres ejemplares, y John Bubber es perfecto gracias a su mezcla de timidez y de emotividad sincera. Mientras tanto, Bernard se pudre en la cárcel porque le pillaron intentando vender las tarjetas que le robó a Gale mientras la sacaba del avión. El mundo es un lugar desagradable, la gente apesta, todo está podrido... Las circunstancias le dan toda la razón al pobre Bernard, a pesar de que nadie –empezando por su ex-mujer y su hijo-- le crea. Lo curioso del caso es que, a pesar de ser un impostor, John Bubber es un buen hombre que cree en la justicia y en la solidaridad y que aprovecha su tirón mediático para hacer mejores a la gente que le admira, incluso Gale se siente atraída por él debido al efecto que provocan sus palabras, tan ingenuas y alejadas del mundo en el que se mueve, en los demás; las mismas que sin embargo usa ella para tratar de conmover artificialmente a su público. A mitad de película, uno tiene la sensación de que las cosas, si son justas, tienen que ser necesariamente buenas, aunque en el interior las motivaciones sean miserables y egoístas. Esa idea y la forma de presentarla, sin renunciar al drama verosímil y a la comedia, son las dos cosas que más me fascinan de Héroe por accidente.

Las charlas de Bernard con su hijo deberían ser objeto de debate en cursos pedagógicos para padres, porque plantean muy bien algunos de los problemas y actitudes que surgen cuando nos toca educar. La pedagogía y la corrección política han convertido la infancia en un parque temático en el que hemos eliminado conscientemente toda tristeza, decepción y sufrimiento; pero cuando llega la adolescencia y todo eso se les queda pequeño les arrojamos sin transición ni aviso en la selva de la vida real (así define Bernard la sociedad), sin más armas que un montón de ingenuas historias sobre verdad, bondad, honestidad, coherencia, integridad, solidaridad.... Paparruchadas y mamarrachadas: cuando nos hacemos adultos descubrimos con dolor que es necesario deformar la verdad hasta que se ajuste a nuestras necesidades. Pero lo más grave de todo es que, en el colmo de la esquizofrenia, nos permitimos en lujo de blindar nuestra actitud a base de complicados razonamientos que justifiquen nuestras acciones y nos presenten ante los demás como buenas personas. En eso consiste ser adulto, en vivir rodeados de permanentes contradicciones que tratamos de colar como la mejor elección o la única salida posible entre varias.

La ironía es una forma superior de humor y cualquier comedia que la explote tiene garantizada su vigencia durante al menos una década; pero incluso la ironía tiene un límite, que no está ni en el buen gusto, ni en la corrección política, ni en el respeto de los sentimientos de los demás... El límite está en los hijos. Si no se tiene descendencia puede uno burlarse, despreciar y criticar todo lo que quiera durante toda su vida, porque la ironía –con el tiempo convertida en cinismo-- ofrece distancia y un cómodo refugio contra el compromiso y la responsabilidad. Pero en cuanto se tienen hijos (y por tanto la obligación ineludible de educar) se acabó la risa: no se puede educar con ironía, primero hay que sentar una sólida base hecha de certezas y verdades que no sean incompatibles con las ventajas de preferir el bien sobre el mal, la justicia al egoísmo, la sensibilidad al sarcasmo... Un montón de cosas que deben permitir a nuestros hijos confiar en la sociedad como invento para sobrevivir y en la posibilidad de cambiarla (aunque sea sólo un poco) cuando haga falta. Después, cuando crezcan, a base de desengaños o por cierta predisposición de carácter, ya tendrán tiempo de adoptar puntos de vista más desencantados y reírse hasta de lo más sagrado.

Mientras son pequeños los hijos necesitan estabilidad emocional y modelos de conducta, y eso es lo que no proporciona Bernard a su hijo a pesar de que sabe que debe hacerlo: en su deseo de que no se convierta en un fracasado como él y de impedir que la miseria le convierta en un pringado se salta la fase de aculturación positiva y comienza directamente en la casilla en la que les dejamos a los quince o dieciséis años. Bernard trata de transmitirle enseñanzas que le sirvan para cuando ya sea un desencantado de la vida (justo en lo que curiosamente trata de impedir que se convierta), de manera que no se desengañe ni sufra más de lo necesario. En el fondo, Bernard está construyendo el mismo parque temático que todos tratamos de levantar, sólo que con materiales muy diferentes. Su hijo Joey, como es natural, no entiende los complicados (y divertidos para nosotros) razonamientos sobre la naturaleza humana, porque a su edad se necesitan consejos que ayuden a crecer como una buena persona y modelos como John Bubber. Bernard es un héroe, pero está tan obsesionado por su supervivencia que no se da cuenta de que no es tan mala persona como aparenta. Bernard salva a los pasajeros del avión porque existe un límite físico para la ironía, y ese límite existe porque Bernard tiene un hijo que aún no se ha echado a perder.

El enredo sigue las pautas habituales en este tipo de filmes-denuncia, pero en lugar de cerrarlo con un aleccionador alegato en favor de unos valores perdidos o deformados hasta quedar irreconocibles, prefiere dejarlo todo como está: al fin y al cabo, la gente necesitará seguir creyendo en héroes, aunque sean falsos y sus motivaciones íntimas egoístas, porque la mayoría tienen hijos que educar y se necesitan modelos que sirvan de guía al resto. La obsesión de Gale --que se conozca la verdad, la auténtica verdad de la historia-- es en realidad un asunto que únicamente conviene resolver en la intimidad, cuando las cámaras no pueden acceder a los verdaderos motivos de cada cual. Los únicos instantes de sinceridad de toda la película sólo se producen en la soledad de la cornisa --desde la que John Bubber amenaza con saltar y donde ni siquiera entonces puede evitar Bernard tratar de sacar tajada-- y un poco después entre el mismo Bernard y Gale, que necesita por encima de todo saber si fue él quien la salvó de morir sin esperar nada a cambio.

Los héroes no existen, todo depende de las circunstancias, y no de las personas, que somos una indiscernible mezcla de grandezas y miserias; aunque eso no significa que no los necesitemos, porque sin ellos estaríamos todavía en esa selva que obsesiona tanto a Bernard. Después de digerir semejante enredo, nos queda un divertido epílogo entre Bernard y su hijo en el zoo, rematado con un exagerado gag final; la mejor forma de rubricar una película que claramente rebasa su humilde propósito de poner a parir el circo mediático.

Hay muchas y buenas películas dedicadas a denunciar la corrupción del mundo de la información; empezaré por las que no recurren al humor: Ciudadano Kane, que además de ser un clásico de todos los tiempos por motivos que no vienen al caso, es un retrato cruel de la prensa de principios del siglo XX; El gran carnaval, sobre un minero atrapado cuyo rescate es manipulado por un periodista con el propósito de conseguir una noticia impactante; Network, un mundo implacable, de Sidney Lumet, se centra en los despiadados cambios de poder en las grandes cadenas de televisión; desde un punto de vista europeo y con algo más de thriller que de crónica social destaca Noticia de una violación en primera página, de Marco Bellocchio; y sin salir del cine italiano, La dolce vita retrata a esos cronistas de la alta sociedad que acaban convirtiéndose en parte del problema que critican; El dilema (The insider), se ocupa de las consecuencias de la extremada presión que son capaces de ejercer los medios cuando detrás está la audiencia y el beneficio económico; aunque si buscas una crítica pasada de vueltas que no dé un respiro al espectador ahí tienes Asesinos natos, cuyo guión y montaje revelan claramente lo cabreado que estaba Oliver Stone con las televisiones cuando la rodó; o la más reciente Buenas noches y buena suerte, centrada en la paranoia comunistoide que vivió EE UU en los años cincuenta del siglo XX, aunque no tanto en plan crítica sino de reivindicación de ciertos principios de progreso en un pasado hostil. Y luego las que prefieren el humor y destilan ironía como una forma más instintiva y corrosiva de conseguir su efecto: la sutil y alocada comedia Luna nueva se convierte 34 años después en sarcasmo puro gracias al remake rodado por Billy Wilder (Primera plana).

Parafraseando en positivo el eslogan de los Independent Awards (“No risk. No award”): si hay ironía, hay vigencia.

martes, mayo 06, 2008

Una nueva estrella en el paseo de los blogs

Gracias al blog cinéfilo Sin pelos en la lengua, que ha tenido la amabilidad de nominarme, ya tengo una estrella en el paseo de los blogs, que es como decir que alguien te lee. Como corresponde en estos casos, aquí van mis cinco nombres para continuar la cadena:

Relatos agridulces
Cine desde el patio trasero
Puerta de Babel
Marchelo's wei
El kimono escarlata


Consigue tu estrella en este enlace y publica tus favoritos en tu blog.

Nos leemos!!!

martes, abril 29, 2008

Actualización en femenino del modelo Woody Allen (La familia Savages)

A pesar de las bondades cinematográficas que la mayoría pueda destacar en La familia Savages (2007) --cine independiente estadounidense, mirada cruda y desmitificadora de la realidad, punto de vista femenino-- yo me quedo con la actualización del esquema narrativo que Woody Allen inmortalizó en su "trilogía seria": September (1987), Otra mujer (1988), Delitos y faltas (1989). A pesar del realismo, la verosimilitud y toda la eficacia dramática, me quedo con el retrato de las miserias vitales de la típica intelectualidad de clase media estadounidense venida a menos, justo en esa franja de edad en la que uno se da cuenta de que todas sus sesudas e íntegras lecturas revolucionarias a) no van a sacarte de la penuria económica en la que precisamente tus lecturas y tu sentido de la integridad te han sumido; b) las ideas y pensamientos que exhibes ante los demás entran en total contradicción con tu comportamiento y reacciones ante una situación inevitable: el ocaso y muerte de un padre con el que nunca te has llevado bien.



Resulta anecdótico el drama acerca de la irreversible decadencia física de los seres queridos y los cortocircuitos emocionales que esto provoca en los hijos --en este caso dos: Wendy y Jon, la primera empeñada en escribir obras de teatro subversivas y definitivas, el otro un experto en Brecht que da clases en la universidad de Bufalo--, los cuales hace tiempo que se han abandonado a sus neuróticas y solitarias vidas. De pronto ambos deben hacerse cargo de un padre senil al que suponían feliz en una deprimente (por idílica) ciudad residencial para la tercera edad.

Más anecdótico aún resulta que me haya tocado vivir hace apenas un año la misma triste peripecia que narra el filme, razón por la cual --a pesar de lo conmovedor que es-- lo contemplé desde una distancia que me hizo inmune a sus momentos más emotivos. Sin este último detalle probablemente mi impresión final habría sido otra.

Por eso digo que la aportación de Tamara Jenkins a La familia Savages es, con mucho, el punto de vista femenino en un tema ampliamente tratado por el cine, algo parecido a lo que sucedía con la maternidad en La camarera (2007). La familia Savages transcurre en el mismo universo de los grandes clásicos de Allen, pero sin amputar el día a día del "management doméstico" (es el segundo post seguido en el que cuelo esta expresión), lo contrario de lo que suelen hacer los hombres porque no les resulta atractivo como material dramático. Jenkins da ese paso más allá característico de las mujeres, tan apegadas a la realidad y tan dotadas de sentido práctico, para ocuparse del lado oscuro de los dramas familiares al estilo Tennessee Williams: la decadencia física, el cuidado de los mayores, los desvelos, las frustraciones, el balance vital de los cuarenta, las reacciones de los hermanos que no están a la altura de las circunstancias, nuestras convicciones convertidas de repente en esnobismo. Ahí van unos detalles marca de la casa: Wendy recuerda a su hermano que compre un abrigo para su padre porque no tiene ninguno y en Bufalo está nevando; cuando por fin acepta que su padre deberá esperar la muerte en el único asilo cutre que pueden pagar, ella compra un montón de objetos que hagan acogedor su cubículo mínimo, incluyendo una lámpara de diseño que acabará en su casa cuando él muera; la necesidad de reorganizar su propia vida (lo que equivale a decir sus relaciones con los hombres). Su hermano, en cambio, prefiere que la chica con la que vive desde hace años se vuelva a Polonia porque él se niega a casarse para que obtenga el visado; su fría resignación es la actitud que mejor concuerda con su egoísmo y su ley del mínimo esfuerzo. Al final, sin embargo, regresa al moderado optimismo impuesto por el maestro Allen: los malos momentos se superan con creatividad, de manera que el bloqueo emocional y creativo termina gracias al revulsivo de los acontecimientos recientes, y suponen de paso la esperanza de unas vidas enderezadas a tiempo.

Mi impresión final: un filme triste que nunca apetece ver pero que tarde o temprano, en las circunstancias más insospechadas, acabará por alterarnos.

lunes, abril 21, 2008

Eficacia probada a pesar de las carencias (Papá por sorpresa)

Soy consciente de que la determinación que tomé en su día de comentar (absolutamente) todas las películas que viera en salas de cine me obliga cada tanto a ocuparme del cine infantil, al que recurro si quiero transmitir mi fervor cinéfilo a la generación que me sucederá (al menos la parte que está bajo mi patria potestad). Soy consciente de que es una extravangancia y/o una rareza y que las visitas se resienten, pero por otro lado sé que cubro un segmento de la crítica del que tan sólo se ocupan los diarios y revistas obligados por imperativo de servicio. Yo al menos comento los estrenos infantiles porque quiero.

Si eres mayor de edad, no tienes descendencia y buscas orientación antes ir al cine ya puedes dejar de leer aquí mismo; los mayores de edad que buscan lo mismo pero tienen descendencia y por tanto necesitan un diagnóstico breve y eficaz que vean el avance y pasen directamente al último párrafo. La media docena restante que siga leyendo.



Lo primero que he de decir sobre Papá por sorpresa (2007) es que no se deja etiquetar como cine infantil ni como juvenil, por lo cual hay que recurrir a la denominación genérica "cine familiar", que abarca aquellas películas que uno va a ver en compañía de los hijos e hijas que todavía quieren ir al cine con sus mayores: los más pequeños siguen aún en el mundo de los dibujos animados, sin embargo los más creciditos se avergüenzan de salir con sus papás. En segundo lugar he de decir es que es una película excesivamente orientada a la parte femenina de la audiencia potencial (mayoría de niñas entre el público): la paternidad responsable, la necesidad de que ellos se ocupen también del "management doméstico" (así lo llaman los expertos), vencer los prejuicios acerca de las actividades artísticas y sensibles, redescubrir los valores asociados a la mujer... Si el siglo XXI va a ser el de las mujeres es lógico que el cine trate de contribuir a un cambio de modelo en las relaciones entre hombres-padres y sus hijos/as. Otra cosa es que lo hagan echando mano de todos los archiconocidos tópicos dramáticos y arquetipos humanos: el triunfador soltero y despreocupado, la niñita encantadora que conmueve con sorprendente eficacia, sin olvidar la solterita delgada y disponible que viene a completar el lote familiar en una relación padre-hija recién compuesta. Todo ello convenientemente ensamblado con sensiblería cuidadosamente dosificada.

Aun así lo más sorprendente de Papá por sorpresa es que, a pesar de la manera tan moderna y resuelta de tratar las relaciones entre adultos, sea incapaz de incluir una escena en la que el papá y la "nueva mamá" se enrollan. ¡Es que no se dan ni un miserable piquito! Ni siquiera un casto beso que dé por consumado lo que los pequeños saben que viene a continuación pero se les escamotea por decencia. Yo creo que Disney debería revisar a la baja sus requisitos de decencia cinematográfica; los de sensiblería --a pesar de que están aún más desfasados-- que los dejen como están, puesto que la respuesta del público en la taquilla demuestra que aún cuelan diga lo que diga la crítica.

Ve a verla si eres padre, tienes una hija entre siete y nueve años que hace actividades extraescolares relacionadas con el arte, quieres que ella pase una tarde entretenida y tú quieres sentirte bien por permitir que te acompañe. Abstenerse si no se cumplen todas estas condiciones.

martes, abril 15, 2008

Divertidísimo cutrismo analógico (Rebobine, por favor)

Los cineastas clásicos de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX provenían de campos limítrofes al cinematográfico: decoración, fotografía, pintura, arquitectura...; en los sesenta --en EE UU-- básicamente de la televisión, así que les llamaron la Generación de la Televisión (Cassavetes, Lumet), porque supieron romper los encorsetados moldes narrativos y estilísticos del cine anterior gracias a que habían velado las armas en el nuevo medio. Luego, en los ochenta y noventa, el mundo del videoclip y de la publicidad fueron el vivero de numerosos cineastas. El cine de Michael Gondry --que ya tiene un Oscar por el guión de ¡Olvídate de mí! (2004)-- pertenece a esta última hornada, crecida en plena era audiovisual global, conviviendo con un cortometraje digital prácticamente consolidado y el fenómeno en auge de la Internet TV (estilo YouTube o MySpace).

Su nueva película --Rebobine, por favor (2008)-- es un cóctel muy especial con numerosos y variados ingredientes donde puede reconocerse un poco de todo lo pasado y lo presente: el cine de Ed Wood, Frank Capra y Preston Sturges juntos, los buddy films ochenteros, ramalazos del buen rollito que llenaba la primera parte de Haz lo que debas (1989) de Spike Lee e incluso clarísimas conexiones --sí, amigas y amigos-- con Cinema Paradiso (1988). Además de eso, Michael Gondry ha estudiado artes gráficas en Francia, ha rodado videoclips míticos --Human behaviour (1993), con Björk-- y es el autor del anuncio más premiado (hasta la fecha) de la historia de la publicidad: Drugstore (1994), rodado para Levi's. Aquí van los dos de aperitivo:





A todos los que nos gusta el cine hemos fantaseado en algún que otro momento con dirigir nuestros propios filmes, y algunos incluso lo hemos llegado a hacer con los colegas de barrio. Eso es lo que hacen Jerry (Jack Black) y Mike (Mos Def) después de que el primero --tras quedar magnetizado en un patético autosabotaje a una central eléctrica-- borre todas las cintas VHS del videoclub de su amigo Fletcher (Danny Glover) mientras está de viaje unos días. Como en los cuentos infantiles, y porque las han visto y las conocen a la perfección, deciden ponerse manos a la obra y volver a rodar los títulos que los clientes les solicitan, en versiones caseras llenas de humor, efectos cutres, actuaciones imposibles e imaginación a raudales. Luego la cosa se enreda bastante más, pero tranquilos: no se trata de una simple película de parodias y la risa y el buen cine no decaen hasta el mismísimo plano final.

Tampoco se trata de asistir sin más al rodaje de versiones de Los cazafantasmas (1984), Hora punta 2 (2001), Paseando a Miss Daisy (1989), King Kong (1933), Robocop (1987) y tantas otras (en la web oficial puedes añadir las tuyas), ni ver a Mia Farrow parodiándose a sí misma en su papel de reglosa-pasiva-agresiva-depresiva, ni a Sigourney Weaver haciendo un cameo y metiendo el dedo en la llaga con el tema de las copias incontroladas... En Rebobine, por favor hay al menos hasta dos giros argumentales imprevistos que demuestran que no sólo el humor tira de la película: uno es típico de la screwball comedy, el otro del cine sentimental que no necesita caer en la babosería.

En definitiva, que la recomiendo encarecidamente porque la risa está garantizada (atención a la curiosa manera de comprobar el nivel de magnetismo en el cuerpo de los protagonistas), pero también porque detrás hay un guión bien trabajado y un detalle al final que es lo único que se le olvidó mencionar a Jordi Costa en su estimulante crítica (aunque un poco demasiado transcendente para lo que es el filme).

Igual que la antología del beso cinematográfico es propiedad (hasta la fecha) de Cinema Paradiso, también en Rebobine, por favor creo entrever momentos impagables al estilo de la película de Tornatore, algunos de los cuales eran muy pastelosos, es cierto, pero reflejaban muy bien las horas de felicidad que pasamos en las salas oscuras. En la película de Gondry, a pesar de tanto humor socarrón, ironía, pasotismo y absurdo vital, al final asoma un poquito del "síndrome Paradiso" ese, aunque su director es lo suficientemente listo como para dar por sobreentendido lo importante sin tener que entrar en detalles lacrimógenos. El resto lo aporta el espectador, de acuerdo con su propio nivel de sensiblería. A mí personalmente me pareció que estaba en su punto justo, evitando meterse en berenjenales innecesarios y saliendo por la tangente de los créditos.

martes, abril 01, 2008

Hemoglobínico Burton (Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet)

Ya lo escribí en otra parte (no recuerdo dónde): odio el musical. Pero una película de Tim Burton --aunque sea un musical-- hizo que dejara los prejuicios en casa por un ratito.

El musical, por otro lado, como todos los géneros, tiene sus normas, aunque a diferencia del resto es muy difícil subvertirlas, renovarlas o ponerlas al límite sin salirse del género mismo: a veces quieres hacer una adaptación novedosa y rompedora de un espectáculo clásico y, nada más salir de los caminos narrativos ampliamente trillados, de pronto te encuentras en el bosque petrificado del cine experimental (o raro sin más). En este sentido Tim Burton era perfectamente consciente del tipo de película que quería hacer, de manera que Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet (2007) no es un musical rompedor.



Por si fuera poco, en un musical no hay mucho margen para la improvisación formal: tienes que contar una historia (todas lo hacen), intercalar cada tanto las canciones y dejar que los actores canten en lugar de hablar. Eso es lo que ha hecho Burton, sin intentar darle la vuelta a un argumento --el barbero asesino que convertía a sus víctimas en empanadas de carne-- que ha demostrado sobradamente su eficacia en los escenarios (la versión de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler es de 1979). Aun así, ha encontrado elementos a los que imprimir la marca de la casa: el contexto de la historia --Londres en el siglo XIX-- se presta como ninguno a una dirección artística de esas a las que Burton nos tiene acostumbrados (eso ya es algo si el musical no es lo tuyo). Pero no nos desviemos: lo verdaderamente importante es la partitura musical. Y ahora viene la pregunta del millardo de euros: ¿Y si la banda sonora no fuera tan excepcional? No todos los miles de espectadores que la aclamaron a ambos lados del Atlántico pueden estar equivocados, que manera que cabe preguntarse qué habría sido de una adaptación cinematográfica de Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet con una música mediocre. Ya os lo digo yo, no os preocupéis: pues se habría convertido en un filme chorreante de hemoglobina más cerca de Hostel (2005) que de Moulin Rouge! (2001).

Apenas hay en este filme margen para los entrañables protagonistas perturbados de Burton, llenos de extraños detalles encantadores, tan sólo venganza, sangre (muuucha sangre) y canibalismo. ¿El amor? ¿La pureza? Sí bueno, los dos tienen su pequeña cuota en el argumento, pero más que nada para tranquilizar las conciencias o pulir las aristas de una historia que si ha mantenido su éxito desde el siglo XIX se debe a que, entre sus diferentes versiones y formatos, ha sido capaz de reunir algunos de los más importantes arquetipos de la cultura popular de toda la vida: morbo, aniquilamiento de ricos y poderosos, triunfo de la virtud (aunque sea colateralmente)... No sigo porque el filme no da para tanto, pero a poco que uno quiera profundizar verá que es así.

En fin, que Tim Burton quizá haya conseguido llevar a la pantalla una historia que le fascinaba, le obsesionaba o simplemente se adaptaba a su cine como un traje a medida; pero después, en la pasarela y bajo los focos, a mí me parece que no luce mucho.

martes, marzo 25, 2008

Cosas raras (Horton)

Dirigida por un ex-animador de Pixar (Jimmy Hayward) y un antiguo colaborador de los Monty Python (Steve Martino) y basada en uno de los clásicos estadounidenses de la literatura infantil (Dr. Seuss), de quien Ron Howard adaptó su libro más conocido --El Grinch (2000), con el inefable Jim Carrey--, la cosa es que estas vacaciones de Pascua no había competencia en la cartelera por lo que a cine animado se refiere, de manera que no existía alternativa --o necesidad de escoger, que viene a ser lo mismo-- para llevar a los más pequeños al cine.

Horton (2008) es una película que toca todos los palos pero no se decide por ninguno, aunque es evidente que los padres estadounidenses no lo verán así, puesto que se trata de la adaptación de un libro muy popular entre ellos. Un europeo como yo --moldeado por el cine clásico de Disney y su evolución conceptual, estética y empresarial, Pixar-- no ve por ningún lado el encanto de los personajes, ni perdona el argumento absurdo porque no hay una buena idea detrás. Sólo veo el estilo más alocado de Robots (2005) y de Madagascar (2005) llenando un hueco necesario con diversión, golpes, carreras, histrionismo, malos malísimos y malos no tan malos que finalmente son redimidos, buenos modernillos y enrollados, conflictos de dudosa relevancia entre padre e hijo --en la misma línea de Chicken little (2005) pero curiosamente al revés-- y el consabido elogio de la autenticidad de sentimientos como fórmula mágica para resolver todos los problemas y salir de cualquier situación comprometida.

¿Y los peques, cómo se lo pasan? Tras el despiste inicial debido a lo surreal de la historia, se acaban acoplando sin problemas a la acción y reaccionan como se espera en los momentos clave. El resultado es una agradable tarde de cine; pero no es eso, no es eso...

domingo, marzo 16, 2008

¿Se puede escandalizar a base de cursilería? (Los perros dormidos mienten)

«He tenido una idea: haré un película partiendo de un suceso escandaloso que no pueda dejar indiferente al espectador. El sólo hecho de mencionarlo provocará todo tipo de reacciones extremas, aunque yo quiero que haga reir, porque voy a rodar una comedia. ¿En qué suceso podría estar basada una película así? ¡Ya lo tengo, la zoofilia! ¿Una mujer aficionada a los ásperos lametazos de su pequinés? No, el cine porno ya tiene bastante documentado el tema, aunque no haya profundizado lo suficiente sobre sus consecuencias en humanos y animales. Así que le daremos la vuelta: una universitaria que durante una aburrida tarde decide hacerle una felación a su perro. Lo hace sólo una vez, pero comete el error de confesárselo a su prometido y ya la tendremos liada. ¡Es perfecto!».

Este es el reto que se impone Los perros dormidos mienten (2006) de Bob Goldthwait. Su título original --Stay-- ofrece bastantes más pistas que el idiota título español acerca de por dónde va a transitar semejante enredo: la cursilería propia de la comedia romántica. La transgresión no es en absoluto una prioridad, y más cuando el supuesto nudo central del argumento tarda casi cuarenta minutos en aparecer. El tiempo que tarda el director en presentar unos personajes que no requerían tanto minutaje: rubita mona protagonista, novio adorable y enamorado, padres de ella extremadamente conservadores, hermano drogadicto y desestructurado y amigo del trabajo de ella con más que previsible futuro protagonismo (aunque vista calcetines blancos ¡qué horror!).

Cuando por fin el problema sale a la superficie parece que estamos en una versión más pasada de vueltas de Los padres de ella (2000), y que la unidad de espacio y tiempo dará lugar a una comedia en plan bola de nieve... Falsa impresión: el enredo se desvía hacia el esquema típico de ruptura con el novio y el descubrimiento de lo majo que es el amigo más amigo de ella (el de los calcetines blancos). La moraleja, como en todos los filme del género, es altamente conservadora: es mejor mentir un poco --que viene a ser lo mismo que no decir toda la verdad-- en las relaciones de pareja, puesto que es el lubricante que las hace funcionar. Toda la verdad y nada más que la verdad duele y puede provocar desastres.

Igual que la protagonista de la película, yo también tengo un secreto que confesar: fui a ver Los perros dormidos mienten convencido (por consejo de una amiga) de que era una comedia hilarante e irreverente, cuando en realidad es una comedia romántica que quiere transgredir a base de cursilería. Si has leído hasta aquí que no te pase como a mí: etiquetar de antemano un filme es muy útil, incluso necesario, pero una etiqueta equivocada puede defraudar incluso más que no llevar puesta ninguna al entrar en la sala. Si ves el avance --cosa que yo no hice-- no cometerás mi mismo error:

jueves, marzo 13, 2008

Intenso y vano deseo de espiritualidad idiota (Viaje a Darjeeling)

Como mínimo reconozco que me admira la facilidad de Wes Anderson para que su cine bascule constantemente entre un sutil humor socarrón y lo plúmbeo. Aunque parezca mentira, es un mérito nada despreciable, porque es difícil no caer en la parodia involuntaria o en el cine malo sin paliativos. Con él se cumple más que nunca ese topicazo que nos sueltan los colegas para explicarnos sus impresiones tras una película: "o la adoras o la odias; no hay término medio". Con Life aquatic (2004) experimenté la misma sensación, para en el último tercio acabar rindiéndome a las excelentísimas chorradas de Bill Murray y compañía. En el caso de Viaje a Darjeeling (2007) el estilo sigue exactamente la misma pauta: personajes mermados en lo psicológico, con dificultades para expresar sentimientos de forma natural, completa y concisa (ayuda mucho que sean actores conocidos gracias a la capacidad de Anderson para formar repartos llenos de nombres famosos: Anjelica Houston, Adrien Brody, Barbet Schroeder, Natalie Portman, Owen Wilson, el mismo Bill Murray). La diferencia --para bien-- con Life aquatic es que esta vez el argumento está mucho mejor trabado, adaptado con precisión en la estructura de la típica película-viaje por un país exótico (en la línea de filmes occidentales que explotan esa mística del viaje como forma de reencuentro/enriquecimiento interior, como reflexionaba en otro post) y que además tiene la ventaja de interesar, conmover y divertir. Desde antes de comenzar la proyección, sólo con leer la sinopsis argumental, uno está mental y cómodamente instalado en el camino que le permitirá entrar en la narración sin el estrés de los primeros minutos, cuando todo espectador experimenta la ansiedad de saber enseguida de qué va todo eso: la película cuenta el viaje en tren a través de la India de tres hermanos que desde hace un año no tienen contacto alguno.



El comienzo de Viaje a Darjeeling da la medida de lo que vendrá a continuación: Bill Murray, un típico hombre de negocios occidental, corre por el andén de una estación (estamos en la India) para alcanzar el tren que acaba de salir sin él. Está claro que no lo logrará porque su edad y el peso de su equipaje se lo impiden, pero en el momento en que Murray comienza a comprender esta insoslayable fatalidad, por su izquierda le rebasa Adrien Brody. Éste también lleva a cuestas su equipaje, pero como es más joven no tiene problemas para subir a la plataforma del último vagón. Entonces, se quita delicadamente las gafas de sol y observa a Murray desistir de su inútil intento de alcanzar el tren. La escena invita claramente a otorgarle una gran densidad significativa, pero su desarrollo, la ausencia de diálogo, los rostros, los gestos, la situación misma, desmienten o ahuyentan toda tentación de trascendencia. Así es el cine de Wes Anderson: está lleno de situaciones cotidianas de las que podríamos extraer un significado profundo, pero no vale la pena o somos incapaces de aprovecharlas o expresarlas debidamente. La vida es así y ya está. Al final de la película hay una escena casi idéntica pero con una variante crucial que no desvelaré: estamos ante un filme que es un itinerario.

Me han encantado los diálogos, dando siempre la impresión de que los personajes están a punto de revelar algo importante pero sin llegar a hacerlo porque sucesos nimios y tontos se interponen. Me ha dado que pensar el absurdo deseo de los tres hermanos por llenarse de espiritualidad durante y gracias al viaje, dar con verdades reveladas por medio de actos cotidianos, lo cual aporta grandes dosis de humor, pero también da la medida de ese anhelo de autenticidad que nos invade cuando traspasamos las fronteras de Occidente. Me ha llamado la atención la ausencia total de referencias a cómo financian tanto derroche los hermanos Whitman: nunca hablan de dinero, ni se les ve pagando nada; es un detalle omitido que me despista pero que encaja bien en la peripecia idiota del viaje. Y sobre todo la escena del taller mecánico: intensa, reveladora, crucial (como casi todos los flashbacks), insertada con maestría en el momento más adecuado de la historia, en medio de un conmovedor --por inesperado, dado el tono del filme-- incidente que nos hace sentir remordimientos cuando nos entra la risa en momentos más que inconvenientes.

Hago mención especial al falso corto que sirve de introducción al filme: Hotel Chevalier, protagonizado por el coguionista y coprotagonista Jason Schwartzman y una sensual Natalie Portman. En él se nos escamotean las claves de la extraña relación entre ambos, aunque al finalizar aún conservamos la esperanza de que éstas se nos revelarán más adelante. Recuerdo que estamos en una película de Wes Anderson.

No quiero terminal sin hacer otra mención especial (agachaos, que voy a ser pedante) extradiegética: al cine más cutre de Barcelona, premio que sin duda merece el Casablanca Gràcia, incluyendo a su taquillera borde en extremo y al local más dejado y menos acogedor. Que quede constancia.