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martes, 29 de abril de 2008

Actualización en femenino del modelo Woody Allen (La familia Savages)

A pesar de las bondades cinematográficas que la mayoría pueda destacar en La familia Savages (2007) --cine independiente estadounidense, mirada cruda y desmitificadora de la realidad, punto de vista femenino-- yo me quedo con la actualización del esquema narrativo que Woody Allen inmortalizó en su "trilogía seria": September (1987), Otra mujer (1988), Delitos y faltas (1989). A pesar del realismo, la verosimilitud y toda la eficacia dramática, me quedo con el retrato de las miserias vitales de la típica intelectualidad de clase media estadounidense venida a menos, justo en esa franja de edad en la que uno se da cuenta de que todas sus sesudas e íntegras lecturas revolucionarias a) no van a sacarte de la penuria económica en la que precisamente tus lecturas y tu sentido de la integridad te han sumido; b) las ideas y pensamientos que exhibes ante los demás entran en total contradicción con tu comportamiento y reacciones ante una situación inevitable: el ocaso y muerte de un padre con el que nunca te has llevado bien.



Resulta anecdótico el drama acerca de la irreversible decadencia física de los seres queridos y los cortocircuitos emocionales que esto provoca en los hijos --en este caso dos: Wendy y Jon, la primera empeñada en escribir obras de teatro subversivas y definitivas, el otro un experto en Brecht que da clases en la universidad de Bufalo--, los cuales hace tiempo que se han abandonado a sus neuróticas y solitarias vidas. De pronto ambos deben hacerse cargo de un padre senil al que suponían feliz en una deprimente (por idílica) ciudad residencial para la tercera edad.

Más anecdótico aún resulta que me haya tocado vivir hace apenas un año la misma triste peripecia que narra el filme, razón por la cual --a pesar de lo conmovedor que es-- lo contemplé desde una distancia que me hizo inmune a sus momentos más emotivos. Sin este último detalle probablemente mi impresión final habría sido otra.

Por eso digo que la aportación de Tamara Jenkins a La familia Savages es, con mucho, el punto de vista femenino en un tema ampliamente tratado por el cine, algo parecido a lo que sucedía con la maternidad en La camarera (2007). La familia Savages transcurre en el mismo universo de los grandes clásicos de Allen, pero sin amputar el día a día del "management doméstico" (es el segundo post seguido en el que cuelo esta expresión), lo contrario de lo que suelen hacer los hombres porque no les resulta atractivo como material dramático. Jenkins da ese paso más allá característico de las mujeres, tan apegadas a la realidad y tan dotadas de sentido práctico, para ocuparse del lado oscuro de los dramas familiares al estilo Tennessee Williams: la decadencia física, el cuidado de los mayores, los desvelos, las frustraciones, el balance vital de los cuarenta, las reacciones de los hermanos que no están a la altura de las circunstancias, nuestras convicciones convertidas de repente en esnobismo. Ahí van unos detalles marca de la casa: Wendy recuerda a su hermano que compre un abrigo para su padre porque no tiene ninguno y en Bufalo está nevando; cuando por fin acepta que su padre deberá esperar la muerte en el único asilo cutre que pueden pagar, ella compra un montón de objetos que hagan acogedor su cubículo mínimo, incluyendo una lámpara de diseño que acabará en su casa cuando él muera; la necesidad de reorganizar su propia vida (lo que equivale a decir sus relaciones con los hombres). Su hermano, en cambio, prefiere que la chica con la que vive desde hace años se vuelva a Polonia porque él se niega a casarse para que obtenga el visado; su fría resignación es la actitud que mejor concuerda con su egoísmo y su ley del mínimo esfuerzo. Al final, sin embargo, regresa al moderado optimismo impuesto por el maestro Allen: los malos momentos se superan con creatividad, de manera que el bloqueo emocional y creativo termina gracias al revulsivo de los acontecimientos recientes, y suponen de paso la esperanza de unas vidas enderezadas a tiempo.

Mi impresión final: un filme triste que nunca apetece ver pero que tarde o temprano, en las circunstancias más insospechadas, acabará por alterarnos. Print Friendly and PDF

lunes, 21 de abril de 2008

Eficacia probada a pesar de las carencias (Papá por sorpresa)

Soy consciente de que la determinación que tomé en su día de comentar (absolutamente) todas las películas que viera en salas de cine me obliga cada tanto a ocuparme del cine infantil, al que recurro si quiero transmitir mi fervor cinéfilo a la generación que me sucederá (al menos la parte que está bajo mi patria potestad). Soy consciente de que es una extravangancia y/o una rareza y que las visitas se resienten, pero por otro lado sé que cubro un segmento de la crítica del que tan sólo se ocupan los diarios y revistas obligados por imperativo de servicio. Yo al menos comento los estrenos infantiles porque quiero.

Si eres mayor de edad, no tienes descendencia y buscas orientación antes ir al cine ya puedes dejar de leer aquí mismo; los mayores de edad que buscan lo mismo pero tienen descendencia y por tanto necesitan un diagnóstico breve y eficaz que vean el avance y pasen directamente al último párrafo. La media docena restante que siga leyendo.



Lo primero que he de decir sobre Papá por sorpresa (2007) es que no se deja etiquetar como cine infantil ni como juvenil, por lo cual hay que recurrir a la denominación genérica "cine familiar", que abarca aquellas películas que uno va a ver en compañía de los hijos e hijas que todavía quieren ir al cine con sus mayores: los más pequeños siguen aún en el mundo de los dibujos animados, sin embargo los más creciditos se avergüenzan de salir con sus papás. En segundo lugar he de decir es que es una película excesivamente orientada a la parte femenina de la audiencia potencial (mayoría de niñas entre el público): la paternidad responsable, la necesidad de que ellos se ocupen también del "management doméstico" (así lo llaman los expertos), vencer los prejuicios acerca de las actividades artísticas y sensibles, redescubrir los valores asociados a la mujer... Si el siglo XXI va a ser el de las mujeres es lógico que el cine trate de contribuir a un cambio de modelo en las relaciones entre hombres-padres y sus hijos/as. Otra cosa es que lo hagan echando mano de todos los archiconocidos tópicos dramáticos y arquetipos humanos: el triunfador soltero y despreocupado, la niñita encantadora que conmueve con sorprendente eficacia, sin olvidar la solterita delgada y disponible que viene a completar el lote familiar en una relación padre-hija recién compuesta. Todo ello convenientemente ensamblado con sensiblería cuidadosamente dosificada.

Aun así lo más sorprendente de Papá por sorpresa es que, a pesar de la manera tan moderna y resuelta de tratar las relaciones entre adultos, sea incapaz de incluir una escena en la que el papá y la "nueva mamá" se enrollan. ¡Es que no se dan ni un miserable piquito! Ni siquiera un casto beso que dé por consumado lo que los pequeños saben que viene a continuación pero se les escamotea por decencia. Yo creo que Disney debería revisar a la baja sus requisitos de decencia cinematográfica; los de sensiblería --a pesar de que están aún más desfasados-- que los dejen como están, puesto que la respuesta del público en la taquilla demuestra que aún cuelan diga lo que diga la crítica.

Ve a verla si eres padre, tienes una hija entre siete y nueve años que hace actividades extraescolares relacionadas con el arte, quieres que ella pase una tarde entretenida y tú quieres sentirte bien por permitir que te acompañe. Abstenerse si no se cumplen todas estas condiciones. Print Friendly and PDF

martes, 15 de abril de 2008

Divertidísimo cutrismo analógico (Rebobine, por favor)

Los cineastas clásicos de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX provenían de campos limítrofes al cinematográfico: decoración, fotografía, pintura, arquitectura...; en los sesenta --en EE UU-- básicamente de la televisión, así que les llamaron la Generación de la Televisión (Cassavetes, Lumet), porque supieron romper los encorsetados moldes narrativos y estilísticos del cine anterior gracias a que habían velado las armas en el nuevo medio. Luego, en los ochenta y noventa, el mundo del videoclip y de la publicidad fueron el vivero de numerosos cineastas. El cine de Michael Gondry --que ya tiene un Oscar por el guión de ¡Olvídate de mí! (2004)-- pertenece a esta última hornada, crecida en plena era audiovisual global, conviviendo con un cortometraje digital prácticamente consolidado y el fenómeno en auge de la Internet TV (estilo YouTube o MySpace).

Su nueva película --Rebobine, por favor (2008)-- es un cóctel muy especial con numerosos y variados ingredientes donde puede reconocerse un poco de todo lo pasado y lo presente: el cine de Ed Wood, Frank Capra y Preston Sturges juntos, los buddy films ochenteros, ramalazos del buen rollito que llenaba la primera parte de Haz lo que debas (1989) de Spike Lee e incluso clarísimas conexiones --sí, amigas y amigos-- con Cinema Paradiso (1988). Además de eso, Michael Gondry ha estudiado artes gráficas en Francia, ha rodado videoclips míticos --Human behaviour (1993), con Björk-- y es el autor del anuncio más premiado (hasta la fecha) de la historia de la publicidad: Drugstore (1994), rodado para Levi's. Aquí van los dos de aperitivo:





A todos los que nos gusta el cine hemos fantaseado en algún que otro momento con dirigir nuestros propios filmes, y algunos incluso lo hemos llegado a hacer con los colegas de barrio. Eso es lo que hacen Jerry (Jack Black) y Mike (Mos Def) después de que el primero --tras quedar magnetizado en un patético autosabotaje a una central eléctrica-- borre todas las cintas VHS del videoclub de su amigo Fletcher (Danny Glover) mientras está de viaje unos días. Como en los cuentos infantiles, y porque las han visto y las conocen a la perfección, deciden ponerse manos a la obra y volver a rodar los títulos que los clientes les solicitan, en versiones caseras llenas de humor, efectos cutres, actuaciones imposibles e imaginación a raudales. Luego la cosa se enreda bastante más, pero tranquilos: no se trata de una simple película de parodias y la risa y el buen cine no decaen hasta el mismísimo plano final.

Tampoco se trata de asistir sin más al rodaje de versiones de Los cazafantasmas (1984), Hora punta 2 (2001), Paseando a Miss Daisy (1989), King Kong (1933), Robocop (1987) y tantas otras (en la web oficial puedes añadir las tuyas), ni ver a Mia Farrow parodiándose a sí misma en su papel de reglosa-pasiva-agresiva-depresiva, ni a Sigourney Weaver haciendo un cameo y metiendo el dedo en la llaga con el tema de las copias incontroladas... En Rebobine, por favor hay al menos hasta dos giros argumentales imprevistos que demuestran que no sólo el humor tira de la película: uno es típico de la screwball comedy, el otro del cine sentimental que no necesita caer en la babosería.

En definitiva, que la recomiendo encarecidamente porque la risa está garantizada (atención a la curiosa manera de comprobar el nivel de magnetismo en el cuerpo de los protagonistas), pero también porque detrás hay un guión bien trabajado y un detalle al final que es lo único que se le olvidó mencionar a Jordi Costa en su estimulante crítica (aunque un poco demasiado transcendente para lo que es el filme).

Igual que la antología del beso cinematográfico es propiedad (hasta la fecha) de Cinema Paradiso, también en Rebobine, por favor creo entrever momentos impagables al estilo de la película de Tornatore, algunos de los cuales eran muy pastelosos, es cierto, pero reflejaban muy bien las horas de felicidad que pasamos en las salas oscuras. En la película de Gondry, a pesar de tanto humor socarrón, ironía, pasotismo y absurdo vital, al final asoma un poquito del "síndrome Paradiso" ese, aunque su director es lo suficientemente listo como para dar por sobreentendido lo importante sin tener que entrar en detalles lacrimógenos. El resto lo aporta el espectador, de acuerdo con su propio nivel de sensiblería. A mí personalmente me pareció que estaba en su punto justo, evitando meterse en berenjenales innecesarios y saliendo por la tangente de los créditos. Print Friendly and PDF

martes, 1 de abril de 2008

Hemoglobínico Burton (Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet)

Ya lo escribí en otra parte (no recuerdo dónde): odio el musical. Pero una película de Tim Burton --aunque sea un musical-- hizo que dejara los prejuicios en casa por un ratito.

El musical, por otro lado, como todos los géneros, tiene sus normas, aunque a diferencia del resto es muy difícil subvertirlas, renovarlas o ponerlas al límite sin salirse del género mismo: a veces quieres hacer una adaptación novedosa y rompedora de un espectáculo clásico y, nada más salir de los caminos narrativos ampliamente trillados, de pronto te encuentras en el bosque petrificado del cine experimental (o raro sin más). En este sentido Tim Burton era perfectamente consciente del tipo de película que quería hacer, de manera que Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet (2007) no es un musical rompedor.



Por si fuera poco, en un musical no hay mucho margen para la improvisación formal: tienes que contar una historia (todas lo hacen), intercalar cada tanto las canciones y dejar que los actores canten en lugar de hablar. Eso es lo que ha hecho Burton, sin intentar darle la vuelta a un argumento --el barbero asesino que convertía a sus víctimas en empanadas de carne-- que ha demostrado sobradamente su eficacia en los escenarios (la versión de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler es de 1979). Aun así, ha encontrado elementos a los que imprimir la marca de la casa: el contexto de la historia --Londres en el siglo XIX-- se presta como ninguno a una dirección artística de esas a las que Burton nos tiene acostumbrados (eso ya es algo si el musical no es lo tuyo). Pero no nos desviemos: lo verdaderamente importante es la partitura musical. Y ahora viene la pregunta del millardo de euros: ¿Y si la banda sonora no fuera tan excepcional? No todos los miles de espectadores que la aclamaron a ambos lados del Atlántico pueden estar equivocados, que manera que cabe preguntarse qué habría sido de una adaptación cinematográfica de Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet con una música mediocre. Ya os lo digo yo, no os preocupéis: pues se habría convertido en un filme chorreante de hemoglobina más cerca de Hostel (2005) que de Moulin Rouge! (2001).

Apenas hay en este filme margen para los entrañables protagonistas perturbados de Burton, llenos de extraños detalles encantadores, tan sólo venganza, sangre (muuucha sangre) y canibalismo. ¿El amor? ¿La pureza? Sí bueno, los dos tienen su pequeña cuota en el argumento, pero más que nada para tranquilizar las conciencias o pulir las aristas de una historia que si ha mantenido su éxito desde el siglo XIX se debe a que, entre sus diferentes versiones y formatos, ha sido capaz de reunir algunos de los más importantes arquetipos de la cultura popular de toda la vida: morbo, aniquilamiento de ricos y poderosos, triunfo de la virtud (aunque sea colateralmente)... No sigo porque el filme no da para tanto, pero a poco que uno quiera profundizar verá que es así.

En fin, que Tim Burton quizá haya conseguido llevar a la pantalla una historia que le fascinaba, le obsesionaba o simplemente se adaptaba a su cine como un traje a medida; pero después, en la pasarela y bajo los focos, a mí me parece que no luce mucho. Print Friendly and PDF
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